Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. Aun antes de eso que acababa de leer —y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de convencerse—, las cartas de mamá; eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su vida. Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después el las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta.
Mamá había parecido comprender, ya no lloraba a Nico y andaba como antes por la casa, con la fría y resuelta recuperación de los viejos frente a la muerte. Pero Luis no quería acordarse de lo que había sido la tarde de la despedida, las valijas, el taxi en la puerta, la casa ahí con toda la infancia, el jardín donde Nico y él habían jugado a la guerra, los dos perros indiferentes y estúpidos.
No las detestaba; si le hubieran faltado habría sentido caer sobre él la libertad como un peso insoportable. Las cartas de mamá le traían un tácito perdón (pero de nada había que perdonarlo), tendían el puente por donde era posible seguir pasando.
La carta de mamá lo metía, lo ahogaba en la realidad de esos dos años de vida en París, la mentira de una paz traficada, de una felicidad de puertas para afuera, sostenida por diversiones y espectáculos, de un pacto involuntario de silencio en que los dos se desunían poco a poco como en todos los pactos negativos.
Y así el tiempo, los bailes, dos o tres bailes, las radiografías de Nico, después el auto del petiso Ramos, la noche de la farra en casa de la Beba, las copas, el paseo en auto hasta el puente del arroyo, una luna, esa luna como una ventana de hotel allá arriba, y Laura en el auto negándose, un poco bebida, las manos hábiles, los besos, los gritos ahogados, la manta de vicuña, la vuelta en silencio, la sonrisa de perdón.
Para Luis ya no había en Laura otro misterio que el de su resignada adhesión a esa vida en la que nada había llegado a ser lo que pudieron esperar dos años atrás. Ahora la conocía bien, a la hora de las confrontaciones definitivas tenía que admitir que Laura era como había sido Nico, de las que se quedan atrás y sólo obran por inercia, aunque empleara a veces una voluntad casi terrible en no hacer nada, en no vivir de veras para nada. Se hubiera entendido mejor con Nico que con él, y los dos lo venían sabiendo desde el día de su casamiento, desde las primeras tomas de posición que siguen a la blanda aquiescencia de la luna de miel y el deseo.
jueves, 5 de septiembre de 2013
La autopista del sur - Julio Cortázar
Y en la antena de la radio flotaba localmente la bandera con la cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo se miraba fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia delante.
Hablando del asunto - Julian Barnes
L'Amour plaît plus que le mariage, por la raison que les romans sont plus amusants que l'histoire.
Yo prefiero a Chamfort. Él también dijo: L'hymen vient après l'amour, comme la fumée après la flamme.
El amor opera de acuerdo con las fuerzas de mercado, dijo, para justificar el robarme a mi mujer. Ahora un poco más viejo y un poco más sabio, empiezo a estar de acuerdo: el amor tiene muchas de las propiedades del dinero.
Yo prefiero a Chamfort. Él también dijo: L'hymen vient après l'amour, comme la fumée après la flamme.
El amor opera de acuerdo con las fuerzas de mercado, dijo, para justificar el robarme a mi mujer. Ahora un poco más viejo y un poco más sabio, empiezo a estar de acuerdo: el amor tiene muchas de las propiedades del dinero.
Le roi se meurt - Ionesco
MARGUERITE C’est parce qu’on pensait que tu déciderais plus tôt. Tu as pris goût à l’autorité, il faut que tu décides de force. Tu t’es enlisé dans la boue tiède des vivants. Maintenant, tu vas geler.
LE ROI On m’a trompé. On aurait dû me prévenir, on m’a trompé.
MARGUERITE On t’avait prévenu.
LE ROI Tu m’avais prévenu trop tôt. Tu m’avertis trop tard. Je ne veux pas mourir… Je ne voudrais pas. Qu’on me sauve puisque je ne peux plus le faire moi-même.
MARGUERITE C’est ta faute si tu es pris au dépourvu, tu aurais dû t’y préparer. Tu n’as jamais eu le temps. Tu étais condamné, il fallait y penser dès le premier jour, et puis, tous les jours, cinq minutes tous les jours. Ce n’était pas beaucoup. Cinq minutes tous les jours. Puis dix minutes, un quart d’heure, une demi-heure. C’est ainsi que l’on s’entraîne.
LE ROI J’y avais pensé.
Tout le monde est le premier à mourir.
LE ROI On m’a trompé. On aurait dû me prévenir, on m’a trompé.
MARGUERITE On t’avait prévenu.
LE ROI Tu m’avais prévenu trop tôt. Tu m’avertis trop tard. Je ne veux pas mourir… Je ne voudrais pas. Qu’on me sauve puisque je ne peux plus le faire moi-même.
MARGUERITE C’est ta faute si tu es pris au dépourvu, tu aurais dû t’y préparer. Tu n’as jamais eu le temps. Tu étais condamné, il fallait y penser dès le premier jour, et puis, tous les jours, cinq minutes tous les jours. Ce n’était pas beaucoup. Cinq minutes tous les jours. Puis dix minutes, un quart d’heure, une demi-heure. C’est ainsi que l’on s’entraîne.
LE ROI J’y avais pensé.
Tout le monde est le premier à mourir.
La librería - Penelope Fitzgerald
Florence tenía buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir.
Sus emociones, a base de no ejercitarlas, casi habían desaparecido.
Enero, como siempre, trajo consigo un día en el que la gente decía que parecía primavera.
¿qué es lo que decía mi padre...? Si estás en el fondo de la garganta, piensa en Jonás. Él salió airoso.
Sus emociones, a base de no ejercitarlas, casi habían desaparecido.
Enero, como siempre, trajo consigo un día en el que la gente decía que parecía primavera.
¿qué es lo que decía mi padre...? Si estás en el fondo de la garganta, piensa en Jonás. Él salió airoso.
La librería ambulante - Christopher Morley
No entendía cómo todo aquello había permanecido oculto para mí hasta entonces. No entendía cómo el trascendental misterio de hacer pan me había impedido ver durante tanto tiempo los misterios del sol y el cielo y el viento en los árboles.
El hombre que viaja anhela tener un hogar. ¡Y, aun así, cuán bestial es el conformismo! Todas las grandes cosas de la vida fueron hechas por gente que no estaba conforme.
La buena vida tiene tres ingredientes: aprendizaje, satisfacción y deseo.
Cuando Dios creó al primer hombre(escribe George Herbert) tenía delante una copa de bendiciones que tenía guardadas: fuerza, belleza, sabiduría, honor, placer; pero se abstuvo de darle la última, que es el descanso, o sea, la satisfacción. Dios entiende que si el hombre está satisfecho jamás encontrará su camino hacia Él. Dejad, pues, al hombre disconforme, de modo que si la bondad no lo guía, tal vez el cansancio lo arroje a mi pecho.
Soy una criatura del común, me temo, insensible a muchas de las cosas profundas de la vida, pero de vez en cuando, como todos nosotros, me enfrento cara a cara con algo que me emociona. Había visto que este vendedor ambulante de barba roja se sentía como un puñado de levadura dentro de la enorme y pesada masa de la humanidad: viajaba intentando cumplir con su propio ideal de belleza.
Creo que leer un buen libro te hace modesto. Cuando uno logra ver con lucidez el interior de la naturaleza humana, cosa que te proporcionan los grandes libros, uno siente la necesidad de hacerse pequeño. Es como mirar la Osa Mayor en una noche clara o como ver el amanecer en invierno cuando uno va a recoger los huevos del amañana. Y cualquier cosa que te haga sentir pequeño es maravillosamente buena.
El hombre que viaja anhela tener un hogar. ¡Y, aun así, cuán bestial es el conformismo! Todas las grandes cosas de la vida fueron hechas por gente que no estaba conforme.
La buena vida tiene tres ingredientes: aprendizaje, satisfacción y deseo.
Cuando Dios creó al primer hombre(escribe George Herbert) tenía delante una copa de bendiciones que tenía guardadas: fuerza, belleza, sabiduría, honor, placer; pero se abstuvo de darle la última, que es el descanso, o sea, la satisfacción. Dios entiende que si el hombre está satisfecho jamás encontrará su camino hacia Él. Dejad, pues, al hombre disconforme, de modo que si la bondad no lo guía, tal vez el cansancio lo arroje a mi pecho.
Soy una criatura del común, me temo, insensible a muchas de las cosas profundas de la vida, pero de vez en cuando, como todos nosotros, me enfrento cara a cara con algo que me emociona. Había visto que este vendedor ambulante de barba roja se sentía como un puñado de levadura dentro de la enorme y pesada masa de la humanidad: viajaba intentando cumplir con su propio ideal de belleza.
Creo que leer un buen libro te hace modesto. Cuando uno logra ver con lucidez el interior de la naturaleza humana, cosa que te proporcionan los grandes libros, uno siente la necesidad de hacerse pequeño. Es como mirar la Osa Mayor en una noche clara o como ver el amanecer en invierno cuando uno va a recoger los huevos del amañana. Y cualquier cosa que te haga sentir pequeño es maravillosamente buena.
Ardiente secreto - Stefan Zweig
No sentía ninguna inclinación a enfrentarse solo consigo mismo y en lo posible evitaba esos encuentros, porque en absoluto deseaba un conocimiento más íntimo de su propia persona. Sabía que necesitaba el roce con las personas para que todo su talento, el calor y la alegría desbordante de su corazón cobraran vida, y que a solas se sentía frío e inútil, como una cerilla metida en la caja.
Era uno de esos hombres jóvenes a los que su hermoso rostro les ha favorecido mucho y en los que todo está constantemente dispuesto para un nuevo encuentro, para una nueva experiencia, uno de esos jóvenes que siempre se hallan en tensión, para lanzarse a lo desconocido de una nueva aventura, a los que nada les sorprende, porque, estando siempre al acecho, lo calculan todo, a los que no se les escapa ninguna oportunidad erótica, porque ya al primer vistazo captan a cada mujer desde el punto de vista sensual, tanteando y sin distinguir si se trata de la esposa de su amigo o de la criada que les abre la puerta que conduce hasta ella.
Y el poder de un amor siempre se medirá de manera equivocada, si sólo se valora en función de lo que lo ha provocado y no por la expectación que lo precede, ese espacio oscuro y hueco de desengaño y soledad que se abre ante todos los grandes acontecimientos del corazón.
Se encontraba en esa edad decisiva en la que una mujer empieza a lamentar el hecho de haberse mantenido fiel a un marido al que al fin y al cabo nunca ha querido, y en la que el purpúreo crepúsculo de su belleza le concede una última y apremiante elección entre lo maternal y lo femenino. La vida, a la que hace tiempo parece que se le han dado ya todas las respuestas, se convierte una vez más en pregunta, por última vez tiembla la mágica aguja del deseo, oscilando entre la esperanza de una experiencia erótica y la resignación definitiva. Una mujer tiene entonces que decidir entre vivir su propio destino o el de sus hijos, entre comportarse como una mujer o como una madre. Y el barón, perspicaz en esas cuestiones, creyó notar en ella aquella peligrosa vacilación entre la pasión de vivir y el sacrificio.
Era uno de esos hombres jóvenes a los que su hermoso rostro les ha favorecido mucho y en los que todo está constantemente dispuesto para un nuevo encuentro, para una nueva experiencia, uno de esos jóvenes que siempre se hallan en tensión, para lanzarse a lo desconocido de una nueva aventura, a los que nada les sorprende, porque, estando siempre al acecho, lo calculan todo, a los que no se les escapa ninguna oportunidad erótica, porque ya al primer vistazo captan a cada mujer desde el punto de vista sensual, tanteando y sin distinguir si se trata de la esposa de su amigo o de la criada que les abre la puerta que conduce hasta ella.
Y el poder de un amor siempre se medirá de manera equivocada, si sólo se valora en función de lo que lo ha provocado y no por la expectación que lo precede, ese espacio oscuro y hueco de desengaño y soledad que se abre ante todos los grandes acontecimientos del corazón.
Se encontraba en esa edad decisiva en la que una mujer empieza a lamentar el hecho de haberse mantenido fiel a un marido al que al fin y al cabo nunca ha querido, y en la que el purpúreo crepúsculo de su belleza le concede una última y apremiante elección entre lo maternal y lo femenino. La vida, a la que hace tiempo parece que se le han dado ya todas las respuestas, se convierte una vez más en pregunta, por última vez tiembla la mágica aguja del deseo, oscilando entre la esperanza de una experiencia erótica y la resignación definitiva. Una mujer tiene entonces que decidir entre vivir su propio destino o el de sus hijos, entre comportarse como una mujer o como una madre. Y el barón, perspicaz en esas cuestiones, creyó notar en ella aquella peligrosa vacilación entre la pasión de vivir y el sacrificio.
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