domingo, 8 de enero de 2017

La insoportable levedad del ser – Milan Kundera

La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial? (…) Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada (das schwerste Gewicht). Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad. ¿Pero es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad? (…) Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad? Este fue el interrogante que se planteó Parménides en el siglo sexto antes de Cristo. A su juicio todo el mundo estaba dividido en principios contradictorios: luz-oscuridad; sutil-tosco; calor-frío; ser-no ser. Uno de los polos de la contradicción era, según él, positivo (la luz, el calor, lo fino, el ser), el otro negativo. Semejante división entre polos positivos y negativos puede parecemos puerilmente simple. Con una excepción: ¿qué es lo positivo, el peso o la levedad? Parménides respondió: la levedad es positiva, el peso es negativo. ¿Tenía razón o no? Es una incógnita. Sólo una cosa es segura: la contradicción entre peso y levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones.

El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. ¿Es mejor estar con Teresa o quedarse solo? No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro. «Einmal ist keinmal», repite Tomás para sí el proverbio alemán. Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.

Quería tener la seguridad de que la amistad erótica nunca llegaría a convertirse en la agresividad del amor, y por eso mantenía largas pausas entre los encuentros con cada una de sus amantes. Estaba convencido de que éste era un método perfecto y lo propagaba entre sus amigos: «Hay que mantener la regla del número tres. Es posible ver a una mujer varias veces seguidas, pero en tal caso no más de tres veces. También es posible mantener una relación durante años, pero con la condición de que entre cada encuentro pasen al menos tres semanas».

La persona que desea abandonar el lugar en donde vive no es feliz.

«Es muss sein. Es muss sein». Era una alusión. La última frase del último cuarteto de Beethoven está escrita sobre estos dos motivos: Para que el sentido de estas palabras quedase del todo claro, Beethoven encabezó toda la frase final con las siguientes palabras: «Der schwer gefasste Entschluss»: «Una decisión de peso». (…) A diferencia de Parménides, para Beethoven el peso era evidentemente algo positivo. «Der Schwer gefasste Entschluss», una decisión de peso, va unida a la voz del Destino («es muss sein»); el peso, la necesidad y el valor son tres conceptos internamente unidos: sólo aquello que es necesario, tiene peso; sólo aquello que tiene peso, vale.

Mientras las personas son jóvenes y la composición musical de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntas e intercambiarse motivos, pero cuando se encuentran y son ya mayores, sus composiciones musicales están ya más o menos cerradas y cada palabra, cada objeto, significa una cosa distinta en la composición de la una y en la de la otra.

La misa era bella porque se le había aparecido, repentina y secretamente, como un mundo traicionado. Desde entonces sabía que la belleza es un mundo traicionado.

Hay cosas que sólo pueden hacerse con violencia. El amor físico es impensable sin violencia.

— ¿Y por qué no utilizas nunca tu fuerza contra mí? — Porque amar significa renunciar a la fuerza —dijo Franz con suavidad. Sabina se dio cuenta de dos cosas: en primer lugar, de que aquella frase era hermosa y cierta. En segundo lugar, de que, al pronunciarla, Franz quedaba descalificado para su vida erótica.

Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde.  (…) Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser.

Y es que las preguntas verdaderamente serias son aquéllas que pueden ser formuladas hasta por un niño. Sólo las preguntas más ingenuas son verdaderamente serias. Son preguntas que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera que no puede atravesarse. Dicho de otro modo: precisamente las preguntas que no tienen respuesta son las que determinan las posibilidades del ser humano, son las que trazan las fronteras de la existencia del hombre.

Y llegó a la conclusión de que la cuestión fundamental no es: ¿sabían o no sabían?, sino: ¿es inocente el hombre cuando no sabe?, ¿un idiota que ocupa el trono está libre de toda culpa sólo por ser idiota? (…) Y fue entonces cuando Tomás recordó la historia de Edipo: Edipo no sabía que dormía con su propia madre y, sin embargo, cuando comprendió de qué se trataba, no se sintió inocente. Fue incapaz de soportar la visión de lo que había causado con su desconocimiento, se perforó los ojos y se marchó de Tebas ciego.
¡Qué indefenso está el hombre frente a los elogios!

El kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable. (…) En el imperio del kitsch totalitario las respuestas están dadas de antemano y eliminan la posibilidad de cualquier pregunta. De ello se desprende que el verdadero enemigo del kitsch totalitario es el hombre que pregunta. (…) Así fue, por lo demás, cómo Sabina le explicó una vez a Teresa el sentido de sus cuadros: delante hay una mentira comprensible y tras ella reluce una verdad incomprensible.

El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir.


Teresa, la misión es una idiotez. No tengo ninguna misión. Nadie tiene ninguna misión. Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes una misión.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Me casé con un comunista – Philip Roth

Uno percibía, en el sentido sexual, la autoridad de un profesor de escuela de enseñanza media como Murray Ringold, una autoridad masculina en absoluto corregida por la piedad, mientras que, en el sentido religioso, percibía la vocación de un profesor como Murray Ringold, que no se diluía en la amorfa aspiración norteamericana a tener un gran éxito, un hombre que, al contrario que las profesoras, podría haber elegido cualquier otra profesión, pero prefirió dedicarnos su vida. No deseaba más que tratar con jóvenes en los que pudiera influir, y lo que más le satisfacía era la respuesta que obtenía de ellos.
Tal vez, a pesar de la ideología, la política y la historia, una catástrofe auténtica siempre es, en el fondo, un desengaño personal, el paso de lo sublime a lo ridículo. No hay ocasión de llevar la contraria a la vida porque ha fracasado en el intento de trivializar a la gente. No, tienes que quitarte el sombrero ante las técnicas de que la vida dispone para despojar a un hombre de su importancia y vaciarlo por completo de su orgullo.

La era de la Razón (Paine): “No creo en la fe que profesa la iglesia judía, la iglesia católica, la iglesia griega, la iglesia turca, la iglesia protestante, ni cualquiera de las iglesias que conozco. Mi mente es mi propia iglesia”. Leer el libro acerca de él había hecho que me sintiera audaz, airado, y por encima de todo, libre para luchar por aquello en lo que creía.

Pero le dije que uno no ha de ir por ahí buscando esa clase de pelea, que no es una cuestión importante. ¿Qué logras? ¿Qué estás ganando? Le dije que uno no provoca una pelea sabiendo que no la puede ganar, que ni siquiera merece la pena ganarla. Le dije lo mismo que intentaba decirle a mi hermano sobre el problema del discurso apasionado. A pesar de que no le sirvió de nada, intenté decírselo desde que era un niño pequeño. Lo importante no es estar enojado, sino estarlo por las cosas adecuadas. Le dije que lo considerase desde la perspectiva darwinista. El objetivo del enojo es hacerte eficaz. Ésa es su función de supervivencia, por eso nos enojamos. Pero si te hace ineficaz, déjalo caer como una patata caliente.

Pensé que la insatisfacción humana había encontrado en Murray Ringold a su digno rival. Había sobrevivido a la insatisfacción. Eso es lo que queda cuando todo ha pasado, la tristeza disciplinada del estoicismo. Esto es el enfriamiento. Durante tanto tiempo es tal el calor, todo en la vida es tan intenso… y entonces, gradualmente, el calor se reduce, llega el enfriamiento y luego las cenizas. El hombre que me enseñó a boxear con un libro ha vuelto para demostrarme cómo puedes boxear con la vejez. Y es ésa una habilidad asombrosa y noble, pues nada te enseña menos sobre la vejez que haber llevado una vida vigorosa.
Todo el mundo está insatisfecho, pero en general no se rompe, y, sobre todo, no rompen las personas que, a su vez, han sido abandonadas, como tú y tu hermano. Cuando pasas por lo que vosotros habéis pasado, valoras muchísimo la estabilidad, probablemente la valoras en exceso. Lo más difícil del mundo es cortar el nudo de tu vida y marcharte. La gente se amolda a todas las adaptaciones que haga falta, incluso a la conducta más patológica. ¿Por qué, en el aspecto sentimental, un hombre como él se relaciona con una mujer como ella, y viceversa? El motivo habitual es que los defectos se amoldan entre ellos.

La política es la gran generalizadora, y la literatura la gran particularizadora, y no sólo están en relación inversa entre ellas, sino en relación antagónica. Para la política, la literatura es decadente, blanda, irrelevante, aburrida, terca, insípida, algo que no tiene sentido y que realmente no debería existir. ¿Por qué? Debido al impulso particularizador en que consiste la literatura… En tanto que artista, el matiz es tu tarea. Tu tarea no consiste en simplificar. Aun cuando decidieras escribir de la manera más sencilla…, la tarea sigue siendo la de aportar el matiz, elucidar la complicación, denotar la contradicción… Permitir el caos, dejarlo entrar. Tienes que dejarlo entrar, de lo contrario, produces propaganda… La literatura inquieta a la organización. No porque esté flagrantemente a favor o en contra, o incluso lo esté de una manera sutil. Inquieta a la organización porque no es general. La naturaleza intrínseca de la particularidad estriba en no amoldarse… La particularización del sufrimiento: he aquí la literatura.

El heroísmo es una excepción humana. Una persona que lleva una vida normal, que está formada por veinte mil pequeños compromisos cotidianos, no está preparada para no comprometerse en absoluto de repente, y no digamos para resistir la tortura.  Algunas personas requieren seis meses de tortura para debilitarse, y algunas empiezan con una ventaja, la de que ya son débiles. Son personas que sólo saben ceder. A una persona así basta con decirle: «Hazlo», y te obedece. Sucede con tal rapidez que ni siquiera se enteran de que es una traición. Como hacen lo que les piden que hagan, les parece correcto. Y cuando comprenden la verdad es demasiado tarde, han traicionado.

"Y así el carrusel del tiempo trae sus venganzas…" ¿Reconoces esta frase? Es del último acto de Noche de Reyes. Feste, el payaso, se la dice a Malviolo, poco antes de que Feste cante esa hermosa canción, antes de que cante: "Hace mucho que el mundo comenzó,/ con, ¡hola!, el viento y la lluvia", y la obra termina. No podía quitarme ese verso de la cabeza. "And thus the whirlgig of time brings in his revenges". Esas "ges" criptográmicas, la sutileza con que pierden intensidad…esas "ges" duras de whirlgig seguidas por la "ge" nasalizada de brings y la "ge" suave de revenges. Las "eses" finales…thus brings his revenges. La sorpresa siseante del sustitutivo plural revenges.

Estaba derrotado. Me había pasado la vida entera aprendiendo a ser razonable ante lo irrazonable, aprendiendo lo que me gustaba denominar desapasionamiento vigilante, aprendiendo, enseñando a mis alumnos y a mi hija y tratando de enseñar a mi hermano. Y había fracasado. Era imposible cambiar a Ira. Ser razonable ante lo irrazonable era imposible. Esto ya lo había experimentado en 1929. Estábamos en 1952, yo tenía cuarenta y cinco años y era como si el tiempo transcurrido no hubiese servido de nada.

Me había embaucado a mí mismo, por si te preguntabas quién lo había hecho. Por mí mismo con todos mis principios. No puedo traicionar a mi hermano. No puedo traicionarme como profesor. No puedo traicionar a los desfavorecidos de Newark. «Yo no, no me voy de aquí. No huyo. Mis colegas pueden hacer lo que les parezca, yo no voy a abandonar a esos chicos negros.» Y así, a quien traiciono es a mi mujer. Cargo en otra persona la responsabilidad de mis elecciones. Doris paga el precio de mi virtud cívica, es la víctima de mi negativa a... mira, este asunto no tiene ninguna salida. Cuando te liberas, como intenté hacerlo yo, de todos los engaños evidentes, la religión, la ideología, el comunismo, te sigue quedando el mito de tu propia bondad. Ése es el engaño final, al que sacrifiqué a Doris.



domingo, 23 de octubre de 2016

José Ortega y Gasset – Jordi Gracia


La primera de las leyendas que desactiva esta biografía, sin embargo, es la de su mocedad (porque no la hubo); la segunda de las leyendas es la de su marginalidad política (porque peleó y perdió las dos e incluso las tres veces en que actuó como político); la tercera leyenda es la de la impotencia filosófica (porque fue filósofo, pero lo fue primero contra todos y contra sí mismo después); la cuarta leyenda es nada más que una falsedad: no fue nunca franquista (pese a colaborar olímpicamente en el «servicio nacional» de propaganda en 1938); la quinta leyenda es la más difícil de rebatir hoy día, pero creo que el progresivo conservadurismo ideológico no le hizo aliado ni socio ni cómplice de los fascismos, aunque el falangismo español explotase a mansalva buena parte de su pensamiento aristocratizante, neonobiliario, de casta.

Ninguno de ellos rebajó la seducción vibrante de la prosa de ideas de un autor al que Saul Bellow definió como un ilustrado que «looked forward to the triumph of reason over irrationality».          

Compartieron uno y otro, Pérez de Ayala y Ortega, «la misma niñez triste y sedienta»; les faltaron las tres razones que permiten a un alma «el lujo de reír» (ciencia verdadera, moral solvente y experiencia estética). Y sobró bandería, maquiavelismo, codicia y soberbia porque, con el fin de aumentar la gloria de Dios, a los niños «se les utiliza inutilizándolos» (I, 112-114).

… se va a Alemania como norte filosófico del presente. Se va a empezar el aprendizaje de fondo, a «tener ideas formadas robustamente, adquiridas con solidez» y a hacerse capaz de contestar con solvencia a la pregunta última: pero, “bueno, y yo por qué pienso esto y no lo contrario”.

Ortega aborrece cada vez más firmemente las originalidades insulsas de tantos para llenar periódicos como burócratas y aumentar el descrédito de esa literatura jornalera que jura no practicar jamás por ser facilona e irresponsable, “hasta los pelos harto de ese escepticismo de segunda mano que por ahí pulula”. Se ha conjurado “para no escribir sino cosas antiescépticas casi religiosas, aun cuando pensara escépticamente, solo porque de ese modo es más difícil escribir bien, según hoy se entiende esto”

Lo dice pensando en Unamuno, que le saca de quicio por su incontinencia y parecer creer que se “funda una religió así, en dos paletas sin más ni más, haciendo media docena de cabriolas y pegando cuatro gritos”.

“Los mozos, sin confersárnoslo y desde el fondo de nuestra ideolocaxtia, estamos locos buscando educadores.”

No es una soledad retórica. España tiene en 1906 solo dos cabezas, que son Unamuno –veinte años mayor que él- y él “acaso tres con Maeztu” que les saca otros diez.

Una nueva retahíla de lecturas puede disolver el poso denso de tristeza y hacerle asumir sin amargura la ausencia de sentido de la vida: «se debe hacer por  vivir sin esperanzas y sin embargo hallar la vida agradable: tenemos ilusiones y las perdemos, y entonces decimos que es mala la vida”. Incluso más. Si la “vida es amaneramiento, ¿por qué en lugar de amanerarnos en un sentido pesimista no procuramos amanerarnos en un sentido más respirable?” Es la historia de todos los hombres y “nadie nos ha engañado”, salvo nosotros mismos: “hay que vivir dispuesto a no ensombrecerse porque si todo da y vale lo mismo, si todo carece de importancia, tampoco es cosa de atender la amargura”.

Repitió a menudo una frase que toma de Beethoven: por el dolor a la alegría. “¿Quién diantre nos dio permiso para hacernos ilusiones? Lo malo, pues, son las ilusiones y no la vida, porque esta es lo real y lo real no puede de ninguna manera ser imperfecto”. La impaciencia de Ortega hacia la debilidad, hacia la falta de lucidez o hacia la autocompasión arranca tan temprano como en estos 22 años, y por eso combatirá sin cesar la “ridícula propensión” con que queremos reducir la vida inabarcable y fértil a “nosotros, como si solo nosotros fuéramos la vida y porque tenemos un dolor decimos que la vida es mala o necia o buena o torpe”.

Los gréculos «hemos renunciado a vivir, no somos carne ni pescado, somos solo espectadores y nos hemos hecho el estómago o nos lo vamos haciendo como Mitríades a todos los venenos: uno de estos venenos es, sin duda, la verdad”; por eso nunca nada ofende a Ortega, dice él teatreramente alarmado “ninguna, ninguna injuria me llega a la dermis”. La irritabilidad ante la ofensa está neutralizada por la vocación de filósofo y espectador distante y comprensivo. “¿Es esto de hombre? Esto es de filósofo, de antihombre, de gréculo”.

Ortega ha empezado a encontrar entre 1906 y 1907 la vía filosófica para escapar tanto al positivismo como al narcótico nietzscheano de la fuerza individual a través de un principio nuevo: ha superado la subjetividad yoísta como mecanismo de comprensión del mundo y ha aprendido que “la Realidad no existe, el Hombre la produce”. El yo es un obstáculo para el saber verdadero. Se ha sumado con sus profesores de Marburgo al rescate de la filosofía para sacarla de la rasa consideración empírica y positivista de las cosas y ha aprendido en Kant, leyendo minuciosamente las Críticas, que el pensamiento es una operación artificial y que no es fiable ni la subjetividad espontánea ni la percepción de los sentidos: ahí no reside la fuente de certidumbres.

…No equivale a resultados prácticos, sino a fe en el método, “el método de la honradez espiritual, la veracidad virtud masculina frente a la femenina sinceridad”. Por tanto “vendidas nos son las buenas intenciones, pero preferimos los buenos métodos”.

“Hay que salvarse en las cosas” (…) Unamuno ha enseñado mucho a Ortega, aunque sean irreconciliables. Y me parece incluso que la esa veta vitalista de ese primer Ortega, esa intuición fundamental que nace ahora en torno a la potencia de la vida real y lo material y seguro –las cosas- como escuela de pensamiento está en deuda con Unamuno. (…) pero la intuición ha llegado por vía de Spinoza. Cada cosa “aspira a perseverar en su ser” o mejor “cada cosa viva aspira a ser todas las demás”.

Ortega se desgrana a sí mismo en la monomanía barojiana sobre todo a través de dos ideas ya sin vuelta atrás: una teoría de la felicidad que es a la vez una teoría de la personalidad. El yo se hace y se fabrica, se construye y elabora porque “el volumen de nuestra personalidad nos ofrece en cada instante solo una mínima porción de sí mismo. El yo, el “mí mismo”, íntegro, plenario tenemos que reconstruirlo para conocerlo”. Para escapar de la determinación de lo que somos, hemos de “organizarla constantemente como un ejército en perpetua dispersión”. Y para eso no basta la arisca sinceridad o la reacción intempestiva del momento, ni la espontaneidad anárquica, asistemática y azarosa (barojiana), porque eso es solo “abandono, el dejarse ir, el reducir la vida a una serie de actos reflejos, de reacciones inarticuladas”. El sentimiento de plenitud o felicidad consiste en lo contrario de la espera pasiva, porque las cosas no nos hacen felices al poseerlas o disfrutarlas, sino “como motivos de nuestra actividad, como materia sobre la cual esta se dispare” y logre “absorber nuestra actividad”.

La pleonexia descubierta en Platón como henchimiento de lo real incumbe a todo y en todo ha de hallar el sujeto un sentido latente para salvarse salvándolo, para hacerse en plenitud a sí mismo y la realidad: “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

Todos somos ese héroe que queremos ser y no seremos nunca; “ser héroe consiste en ser uno, uno mismo”, negarse a “repetir los gestos que la costumbre, la tradición y en resumen los instintos biológicos les fuerzan a hacer”. Sabemos que hay más, que hay otros “hombres decididos a no contentarse con la realidad y por eso aspiran – quijotescamente- a defender su libertad” y rechazan “las cosas como son”. Llevamos “dentro como el muñón de un héroe”, ya reseco y corrompido, y ese mismo testigo interior y frustrado, quizá incluso rencoroso, incapacita para admirar al héroe verdadero y suscita entonces una forma del resentimiento que es innato a la imputación de los mediocres y su “heroísmo atrofiado”.

Unamuno encarna en España un caso concreto de “ese proceso destructor de los mejores” y que es por tanto un ejemplo óptimo de la distancia de “esta España oficial y la España vital”. Otto Seeck cree que la destrucción del imperio romano no la causaron tanto las invasiones bárbaras como la progresiva debilidad social y colectiva derivada del “aniquilamiento de los jóvenes entusiastas”. Se operó una selección a la inversa que solo “dejó vivir a los cobardes, los temperamentos de compromiso y de su simiente crecieron las nuevas generaciones.

Nov 1916 Ortega comprime y resume como en muy pocos lugares los elementos centrales de su pensamiento: su pedagogía del entusiasmo vitalista, del embridaje y resistencia al utilitarismo, contra la noción darwinista del a vida humana y en favor de Nietzsche, que prefirió “una moral dinámica y creadora a una moral de esclavitud, de inercia” y prefirió “a la humildad la nobleza, a la renuncia la energía, a la discreción el entusiasmo”. Es la vida ascendente que Ortega predica con léxico nietzscheano desde siempre y con Nietzsche siempre al fondo: “arder como antorchas”, será ya lema habitual de sus charlas.

Empieza ahora a leer la nueva sociedad de masas como la trinchera defensiva de los peores contra los mejores o como paredón de fusilamiento (simbólico primero y físico después) de los mejores.  Nietzsche adoptó una palabra francesa que también retoma Ortega, y quizá por la misma carencia en alemán del sentido exacto que busca Nietzsche: el ressentiment, la negación de las cualidades del superior por parte del que se siente humillantemente inferior. El morbo, la patología de la democracia, consiste en reclamar no solo la igualdad ante la ley, sino también la igualdad en todo lo demás, sensibilidad, inteligencia, cultura, etc. y en ello cosiste “la total inversión de los valores: lo superior, precisamente por serlo, padece una “capitus disminutio”, y en su lugar triunfa lo inferior”.

A Victoria Ocampo, decía ella, solo logran atraparla aquellos libros que pueden “m’éclairer sur moi-même” y Ortega confirma que es “la única manera de leer que existe, y el resto es… erudición”.    

Las culpas recaen ya una y otra vez sobre la indigencia moral de la muchedumbre y la “ausencia de los mejores” se combina con el “imperio de las masas” que no es sin embargo un fenómeno de clase o de pobres y parias.

Frase de Aristóteles en la Ética “seamos con nuestras vidas como arqueros que tienen un arco”

“la vida es sed, es ansia, afán, deseo”.

“El hombre muy inteligente suele ser al propio tiempo, muy fino receptor, exquisitamente sensible y sin embargo, de intimidad sumamente seca. Es muy difícil ser a la vez, sensible y sentimental”.

En el amor a Ortega le parece que Stendhal apenas acierta en nada, quizá porque no pensó en ello bastante como para advertir cosas tan evidentes como la incapacidad de la mayoría, vulgar y adocenada, para experimentar ese sentimiento como de veras es su esencia más alta.
“la fe religiosa es opuesta a la filosofía”. “El que no duda” es el homo religiosus, y si la filosofía no se emparenta con la religión, menos todavía con la literatura, porque “no nos pesa, es remediable, es revocable”, mientras la poesía, “frente a la filosofía” es irresponsabilidad. Si algo es la filosofía es “la certidumbre racional” que faculta para escapar a la “prisión de la subjetividad” y alejarnos de la “pueril satisfacción” de creer que hay alguna solución”.

La conciencia “no es una realidad primaria e incuestionable”, sino “una interpretación de la realidad, una nueva teoría, por tanto –¡y ahora viene lo gordo!- una hipótesis y nada más”. La insolencia, como la llama él, es mayúscula, por descontado, porque para Husserl y para la fenomenología la conciencia es “la realidad misma y absoluta”.

… buena parte de la discrepancia de Ortega nace de la sospecha sobre el peso que la teología y la formación eclesiástica ha tenido en su pensamiento. Descartes fue débil al partir sin más “de la venerable y fosilizada ontología escolástica” e incurrió en un “deficiente radicalismo”. Heidegger ha hecho lo mismo, y parte “de cosa tan corrupta y agusanada como es la ontología escolástica” y en particular de Santo Tomás.  

“la conciencia de naufragio, al ser la verdad de la vida, es ya la salvación”. Ortega no ha alterado sus convicciones ya no agnósticas, el que no sabe, sino directamente ateas, el que sí sabe y se sabe sin dios. La condición de lo trágico es abolir la expectativa de una resolución abstracta o práctica de la existencia porque es hecho sin sentido, sin finalidad, náufrago, sin garantía de éxito ni de compensación, sin otra razón de ser que su propia existencia.


La heroica condición humana del pensador reside en seguir rechazando la mentira, la cataplasma, el embrujo o el misterio y conquistar “la última ilusión: la ilusión de vivir sin ilusiones, de sentir delicia al contemplar las cosas en su desnuda realidad, de ajustar nuestras ideas a esta, a sus entrantes y salientes, y como buenos navegantes, “ceñirnos al viento””. 

Pastoral americana – Philip Roth

Algo se había apoderado de él, ordenándole que se detuviera. Algo le había convertido en un lugar común humano. Algo le había advertido: no debes ir a contrapelo de nada.

Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos.

El interrogatorio constante a que se somete el adulto consciente nunca fue algo que estorbara a mi hermano. Obtuvo el significado de su vida de alguna otra manera. No quiero decir que fuese un hombre sencillo. Algunos le consideraban así, debido a la amabilidad que derrochó durante toda su vida. Pero Seymour no fue nunca un hombre tan sencillo. Sin embargo, tardó algún tiempo en hacer examen de conciencia, y si hay algo peor que hacer examen de conciencia demasiado pronto es hacerlo demasiado tarde. Aquella bomba hizo saltar su vida en pedazos. La verdadera víctima de la bomba fue él.

¿Cómo podía él, con su bondad minuciosamente calibrada, haber sabido que los riesgos de ser obediente eran tan altos? Uno se decanta por la obediencia para reducir los riesgos. Una mujer guapa, una casa hermosa, dirige sus negocios como si practicara hechicería. Maneja correctamente la fortuna de su padre. Vivía a fondo esta versión del paraíso. Así es como vive la gente de éxito. Son buenos ciudadanos, se sienten afortunados y agradecidos, Dios les sonríe. Hay problemas, pero ellos se adaptan. Y entonces todo cambia y se vuelve imposible. Ya nada sonríe a nadie. ¿Y entonces quién puede adaptarse? He aquí una persona que no está hecha para un funcionamiento deficiente de la vida, y no digamos para lo imposible. ¿Pero quién está hecho para lo imposible que va a suceder? ¿Quién está hecho para la tragedia y lo incomprensible del sufrimiento? Nadie. La tragedia del hombre que no está hecho para la tragedia..., ésa es la tragedia de cada hombre.

¿Sabes lo que te pasa? Que siempre tratas de mitigarlo todo, siempre intentas ser moderado, nunca dices la verdad si crees que va a herir los sentimientos de alguien, siempre estás transigiendo, siempre eres complaciente, siempre procuras encontrar el lado brillante de las cosas. Tienes modales, lo aceptas todo con paciencia, eres el colmo del decoro. El chico que jamás infringe el código. Haces cuanto la sociedad te dicta. Decoro…, escupes decoro a la cara de todo el mundo.

Pero nunca tuviste que elegir, nunca, porque él dejó que te salieras con la tuya, como lo ha hecho siempre todo el mundo. Y por eso, hasta la fecha, nadie sabe quién eres. No te has revelado, eso es lo que ocurre Seymour, no te has revelado. Por eso tu propia hija decidió prescindir de ti y actuar por su cuenta. Nunca te expresas con franqueza sobre nada, y ella te odiaba por eso. Mantienes en secreto lo que piensas, no eliges nunca. 

La vida es un breve periodo de tiempo durante el que estamos vivos. 

El balcón en invierno – Luis Landero

Es nostalgia y pesar de la juventud, de la belleza, de la acción, de todo cuando sucumbió al tiempo, pero también de lo que no llegó a vivirse, de los alegres decires nunca dicho, de las correrías nunca emprendidas, de los amigos que no tuve, del amor apenas entrevisto, de la vida dilapidada en vano, y de lo breve e ilusorio de los ahoras, de los mañanas y de los entonces, y de todo este pobre negocio de años y de afanes de que está hecha la vida.

Sin prisas, siempre sin prisas. Porque todo, todo, afilar un cuchillo, manejar una lezna, aguzar un palo, hacer un nudo, ponerse una camisa, posar un vaso sobre la mesa, encender un cigarro, alzar la mano para decir adiós, cualquier cosa era digna de ser hecha con maña y con finura, y en ella podía y debía dejarse la impronta de quien ha nacido siendo artista.

Pero fue sobre todo el amor, el gran embaucador y enemigo declarado de los ímpetus y desafueros de la libertad y de la fantasía, lo que lo empujó a buscar la misma vida segura, gris y barrigona, que tanto había criticado en mí cuando se enteró de que era oficinista. 


Entre nosotros decimos por ejemplo farraguas, triunfear, gaspartillo, peruétano, arrepío, farrajar, fechadura, arrancharse, milgueras, mérula, poipa, brutarate, perrengue, morgañera, safar, empicarse, panfarta, jreguesta, morrocate, falagar, y muchísimas más. Son palabras viejas, que se usaban antiguamente, que cada vez conocen menos los propios jóvenes del pueblo y que no tardarán en olvidarse por completo,como todas las cosas del mundo campesino de entonces. Todo, todo se perderá. Y pasó el tiempo, y el pueblo y el campo fueron quedando atrás, cada vez más atrás, pero ya inalterables en el ámbar de los recuerdos y sentimientos infantiles, ajenos a las mudanzas del tiempo, congelados en la memoria para siempre.

viernes, 12 de agosto de 2016

Historia íntima de la humanidad – Theodore Zeldin

Es importante recordar que ser libre resulta fatigoso y hasta agotador; y en épocas de extenuación, el amor a la libertad ha declinado siempre, por más que de boquilla se afirme lo contrario.

“Ser lo que uno puede, cuando no se puede ser lo que se querría, contribuye a la felicidad”. Cardano

Maimónides (1135-1204) en su Guía de perplejos propuso una vía de escape para salir de la “irresolución”: “El carácter consiste en mantenerse fuera del camino de los necios, no en conquistarlos… no busco la victoria por la honra de mi alma”

El primer análisis sesudo sobre la curiosidad fue realizado por Alexandre von Humboldt (1769-1856), cuyos descubrimientos en fisiología, zoología, botánica, antropología, arqueología, meteorología y geografía (entre cuyos fundadores se cuenta) son, probablemente, de  un alcance incomparable. Pero todavía es más interesante lo que hizo con su conocimiento. A diferencia de Einstein, que utilizó su genio para combatir la incertidumbre, que le aterraba, y de Hawking, quien, según su esposa, no logra encontrar nada con que sustituir a Dios, sino es él mismo – ninguno de los cuales cambió para nada los objetivos o actitudes de la gente corriente-, Humboldt intentó deducir una nueva forma de vida de sus investigaciones, por más abstractas que parecieran.

Lo que importa es el viaje, no la llegada (….) y había que emprenderlo como un enajenado (Mishima). Il faut toujours être ivre escribió Baudelaire por esas mismas fechas.

Las antiguas reglas cosmopolitas de la conducta caballerosa (de origen persa y conocidas como adab o decencia), en que solían deleitarse los musulmanes cuando creían controlar el mundo, fueron sustituidas ahora por un nuevo modelo de comportamiento que implicaba una obediencia estricta a la ley sagrada (sharia), fundada en la suspicacia hacia las demás religiones.

Nunca me someteré a las horas; las horas están hechas para el hombre y no el hombre para las horas. Rabelais.

En nuestro tiempo ciertos descubrimientos científicos que muestran que la generosidad no es una mera fantasía animan a los seres humanos a ser audaces. Antes se creía que los niños nacían egoístas, pero observaciones recientes de niños muy pequeños (a partir de los 14 meses) han puesto de manifiesto que son capaces de numerosos y diferentes tipos de generosidad, no caprichosamente sino de manera adecuada a las necesidades de los demás. Pueden reconocer los sentimientos y puntos de vista de otras personas mucho antes de lo que se pensaba hasta ahora.

Hasta el momento, los seres humanos han sacado seis lecciones de sus intentos por encontrar el mejor modo para sobrevivir con el mínimo dolor. Su conclusión ha sido, al parecer que existen seis maneras de viajar por la vida, seis formas de transporte. (…) El primer modo consiste en obedecer, en fiarse de la sabiduría ajena, en aceptar la vida tal cual es. En el pasado la mayoría de los seres humanos viajó probablemente siguiendo este método, a menudo porque se les forzaba a hacerlo, pero también, y no menos, porque encerraba una promesa de paz espiritual y la seguridad de estar en harmonía con el prójimo. (…) El  segundo método de viajar es el del negociador que regatea para conseguir de la vida el mejor trato posible. Los paganos, tanto antiguos como modernos, lo practican con preferencia sobre todos los demás métodos. La habilidad residía en conocer el precio más bajo que era necesario pagar, el mínimo de sacrificios requeridos para obtener los propios deseos o en lenguaje moderno, para tener éxito. (…) La tercera opción consiste en cultiva su propio huerto, en dejar fuera del mundo propio a dirigentes, rivales y vecinos entrometidos y centrarse en la vida privada. (…) El cuarto camino es la búsqueda del conocimiento. La idea de la existencia de algo que puede adquirirse es una concepción reciente: durante la mayor parte de la historia, el conocimiento ha sido raro y secreto. (…) La búsqueda del conocimiento por el conocimiento es otra manera de evitar tener que decidir para qué se quiere. (…) La quinta vía consiste en hablar, en verter las propias opiniones en revelarse a los demás, en librarse del propio pesimismo sacando fuera todos los secretos, recuerdos y fantasías conscientes e inconscientes y avanzar destrozando la hipocresía y el decoro. (…) Queda un sexto método, mucho menos probado, al que llamamos “ser creativo” y que se parece a viajar en cohete. (…) Ahora que la vida dura casi un siglo, ha llegado el momento de reconsiderar si se desea pasarla viajando en el mismo autobús, si probar los seis métodos es una necesidad para quien desee llevar una vida plena o si ni siquiera eso es suficiente. En efecto, cuando uno ha decidido sobre su propio método de transporte, necesita todavía saber a dónde ir.

El poeta más apreciado del archipiélago indonesio, Hamzah Fansuri (otro contemporáneo de Shakespeare), autor de La bebida de los amantes, repetía que se podía ver a Dios en cualquier persona o cosa y que las diferencias superficiales entre los seres humanos no deberían llevarnos a engaños:
El mar es eterno; cuando se alza
Hablamos de olas, pero en realidad, son el mar.

No se puede desdeñar sin más el fundamentalismo tachándolo de extremismo; es una fuerza tan poderosa como lo fue en otros tiempos el comunismo y constituye una respuesta similar a la injusticia y la confusión. Cuanto más se reprime a los fundamentalistas, tanto más excluidos se sienten. Su rechazo del diálogo se basa en la convicción de no ser entendidos. Es imposible mostrarse acogedor con la violencia, pero sólo quienes tienen la memoria corta pueden creer que la solución está en una nueva guerra fría.

El  debate sobre cómo lograr una vida mejor, sobre si debería alcanzarse mediante el esfuerzo individual o por la acción colectiva, no tiene ya sentido, pues se trata de dos caras de la misma moneda. Es difícil realizar cualquier cosa sin recibir ayuda o inspiración de fuera de uno mismo. Las luchas individuales han sido simultáneamente colectivas. Todos los grandes movimientos de protesta contra el menosprecio, la segregación y la exclusión suponen un número infinito de actos personales llevados a cabo por individuos que provocan un pequeño cambio en el conjunto por medio de lo que aprenden unos de otros y por la manera en que tratan a los demás. Sentirse aislado es no ser consciente de los filamentos que nos vinculan con el pasado y con partes del globo que quizá, jamás hemos visto. La era del descubrimiento no ha hecho más que empezar. Hasta el momento, los individuos han pasado más tiempo intentando entenderse a sí mismos que descubrir a los demás. Pero ahora la curiosidad se expande más que nunca.

Las compensaciones monetarias impersonales del estado del bienestar no han logrado sanar las heridas de la injusticia, pues nada puede compensar adecuadamente una vida perdida, sobre todo cuando, incluso en EEUU, que ha estudiado la eficiencia hasta sus límites, cuesta siete dólares en impuestos poner un dólar más de ingresos en manos de un pobre. Sólo con los dos ojos bien abiertos será posible ver que los seres humanos han necesitado siempre no sólo comida y techo, sanidad y educación, sino también un trabajo que no sea destructivo para el alma y relaciones que logren algo más que evitar la soledad; los seres humanos necesitan ser reconocidos como personas.

Más allá de la lucha por el poder se encuentra la posibilidad de buscar el respeto hacia uno mismo ayudando a los demás a respetarse mutuamente.

Mi vida es un fracaso… termino con el relato de un asesino que repitió esa frase muchas veces hasta que un día… un religioso llamado a su cabecera le dijo “tu historia es terrorífica pero no puedo hacer nada por ti, pero antes de darte muerte ven a echarme una mano. Luego harás lo que quieras”. Esas palabras cambiaron el mundo del asesino. Alguien lo necesitaba, finalmente ya no era superfluo y desechable. (…) al verse ante una persona afligida, no le había dado nada sino que le había pedido algo. El asesino dejo más tarde al religioso: “si me hubiera dado dinero, una habitación o un trabajo habría reiniciado mi vida criminal y asesinado a alguna otra persona. Pero Vd me necesitaba”, así es como nació el movimiento Emaús del Abbé Pierre.


Con un poco de valor, todos estamos en condiciones de tender una mano a alguien diferente de nosotros, de escuchar e intentar aumentar, aunque sólo sea en una pequeña proporción, las reservas de amabilidad y humanidad existente en el mundo. Pero sería poco cuidadoso hacerlo sin recordar cómo han fracasado otros intentos previos y cómo nunca ha sido posible predecir con certeza el comportamiento de los seres humanos. La historia, con su inacabable procesión de transeúntes cuyos encuentros han constituido en su mayoría oportunidades fallidas, ha sido en gran parte hasta ahora una crónica de capacidades desperdiciadas. Sin embargo, la próxima ocasión en que dos personas se encuentren, podría ser diferente. Aquí tiene su origen la angustia, pero también la esperanza; y la esperanza es el origen de la humanidad. 

La conspiración contra la especie humana – Thomas Ligotti

Como ocurre con todas las filosofías pesimistas, la interpretación de la existencia como algo extraño y horrible fue mal recibida por las nadas conscientes de sí. Para bien o para mal, el pesimismo sin compromiso carece de atractivo público. (…) Entonces, ¿es preciso renunciar a toda reprobación de la complacencia de nuestra especie consigo misma? Esa sería la brillante decisión y regla número uno para los que se desvían de la norma. Regla número dos: si abres la boca, evita ante todo el debate.

G.K Chesterton: “sólo puedes encontrar la verdad con la lógica si ya la has encontrado sin ella”

Mediante la profiláctica del autoengaño mantenemos oculto lo que no queremos dejar entrar en nuestra cabeza, como si fuéramos a revelarnos a nosotros mismos un secreto demasiado terrible para saberlo. Nuestras vidas están llenas de preguntas desconcertantes a las que algunos intentan responder y otros dejamos pasar en silencio.

Kent Bach ofrece tres medios de evitar pensamientos indeseados que sin embargo son accesibles a la consciencia de un sujeto: racionalización, evasión e interferencia. Estos medios son identificos a los métodos de aislamiento, anclaje y distracción que advirtió Zapffe en la vida humana.

Hay aspectos de la visión científica del mundo que pueden ser nocivos para nuestro bienestar mental, y eso es lo que todo el mundo siente intuitivamente (Metzinger)

Confesiones – Tolstoi
Descubrí que para la gente de mi clase social hay cuatro maneras de escapar a la terrible situación en la que todos nos hallamos.
La primera salida es la de la ignorancia. Consiste en no saber, en no comprender que la vida es un mal, un absurdo. Las personas que pertenecen a esta categoría —en su mayor parte mujeres, o bien hombres muy jóvenes o muy estúpidos— no han comprendido aún el problema de la vida que se le presentó a Schopenhauer, a Salomón, a Buda. No ven ni el dragón que les espera, ni los ratones que roen los arbustos que los sostienen, y no hacen otra cosa que lamer las gotas de miel. Pero lamen estas gotas de miel sólo por un tiempo: algo atraerá su atención hacia el dragón y los ratones, y sus lamidos cesarán. No tengo nada que aprender de esta gente, puesto que uno no puede dejar de saber lo que ya sabe.
La segunda salida es el epicureísmo. Consiste en aprovechar los bienes que se nos ofrecen pese a conocer la desesperanza de la vida, no mirar el dragón ni los ratones, sino lamer la miel de la mejor manera posible, especialmente si hay mucha sobre el arbusto. Salomón expresa así esta idea.
«Por tanto, celebro la alegría, pues no hay para el hombre nada mejor en esta vida que comer, beber y divertirse, pues sólo eso le queda de tanto afanarse en esta vida que Dios le ha dado…
»¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con alegre corazón!… Goza de la vida con la mujer amada, todos los días de tu vida vanidosa, en todos tus días vanidosos, puesto que ésa es tu suerte en la vida y en el trabajo en el que te afanas debajo del sol… Y todo lo que te venga a la mano, hazlo con todo empeño, porque en el sepulcro adonde te diriges no hay trabajo, ni reflexiones, ni conocimiento ni sabiduría».
A esta segunda salida se atienen la mayoría de las personas de nuestra clase. Las condiciones en las que se encuentran hacen que tengan más cosas buenas que malas; su embotamiento moral les permite olvidar que las ventajas de su situación son accidentales, que no todos pueden tener mil mujeres y palacios como Salomón, que por cada hombre que tiene mil mujeres hay mil hombres sin mujer, y que por cada palacio hay mil hombres que lo construyen con el sudor de su frente, y que esa misma casualidad que hoy me ha hecho ser Salomón puede hacerme mañana esclavo de Salomón. La estupidez de la imaginación de estas personas les permite olvidar lo que no daba sosiego a Buda: la inevitabilidad de la enfermedad, de la vejez y de la muerte, que, si no hoy mañana, destruirán todos estos placeres. El hecho de que algunas de esas personas afirmen que la estupidez de pensamiento y de imaginación es filosofía positiva, a mi parecer, no los distingue de aquéllos que lamen la miel sin ver el problema. Yo no puedo imitar a esa gente, puesto que no tengo falta de imaginación y no puedo fingir que la tengo. No puedo, como cualquier hombre que vive auténticamente, apartar los ojos de los ratones y del dragón después de haberlos visto una vez.
La tercera salida es la de la fuerza y la energía. Consiste en destruir la vida después de comprender que ésta es un mal y una absurdidad. Sólo actúan así las escasas personas que son fuertes y consecuentes. Comprendiendo toda la estupidez de la broma que les han gastado y que el bien de los muertos es superior al bien de los vivos y que es mejor no existir, actúan y ponen fin de una vez por todas a esa estúpida broma, puesto que hay medios para hacerlo: una soga al cuello, agua, un cuchillo para clavárselo en el corazón, los trenes sobre las vías férreas. Cada vez es mayor el número de personas de nuestra clase que actúan así. Y lo hacen, sobre todo, en el mejor período de su vida, cuando las fuerzas del alma están en su apogeo y todavía son escasos los hábitos degradantes para la razón humana que han adquirido. Vi que ésta era la salida más digna y quería obrar de esta suerte.
La cuarta salida es la de la debilidad. Consiste en continuar arrastrando la vida, aun comprendiendo su mal y su absurdidad, sabiendo de antemano que nada puede resultar de ella. Las personas que pertenecen a esta categoría saben que la muerte es mejor que la vida, pero no tienen fuerzas para actuar razonablemente y poner fin cuanto antes a ese engaño matándose; en su lugar, parecen estar esperando que pase algo. Es la salida de la debilidad, puesto que si sé Lo que es mejor y está a mi alcance hacerlo, ¿por qué no abandonarme a ello?… Yo pertenecía a esa categoría.
Así, las personas de mi clase se evaden de esta terrible contradicción de cuatro maneras. Por mucho que hubiera ejercitado mis facultades mentales, no encontré nada más que esas cuatro salidas.