De no ser por esa hambre, a buen seguro habría echado en el olvido aquellos tiempos, aquellos años tan largos, en los que faltaba de todo. Ser feliz es no tener que recordar. ¿Fui infeliz? No lo sé. Simplemente recuerdo haberme despertado un día, haber conocido por fin el éxtasis de las sensaciones saciadas.
Y además el nombre de la casa era tan bonito, "Hoy". Le recordaba a Xenia, esa capacidad suya de disfrutar de cada instante, de amar la vida sin ilusiones, sin falsa amargura.
No le cabía en la cabeza que Xenia pudiese tenerle envidia, ser de esas personas que no aceptan la felicidad de los demás.
jueves, 29 de agosto de 2019
Patria - Fernando Aramburu
El encuentro se produjo a la altura del quiosco de música. Fue un abrazo breve. Las dos se miraron un instante a los ojos antes de separarse. ¿Se dijeron algo? Nada. No se dijeron nada.
Ordesa – Manuel Vilas
Ojalá pudiera medirse el dolor humano con
números claros y no con palabras inciertas. Ojalá hubiera una forma de saber
cuánto hemos sufrido, y que el dolor tuviera materia y medición. Todo hombre
acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo. Hay
seres humanos que pueden soportarlo, yo nunca lo soportaré.
La moralidad de los hechos es siempre una
construcción de la cultura. Los hechos en sí mismos sí son seguros. Los hechos
son naturaleza, su interpretación es política.
De modo que me quedé a solas con mi
padre. Y soy yo la única persona en este mundo —ignoro si lo hará mi hermano—
que lo recuerda a diario. Y a diario contempla su desvanecimiento, que acaba
convertido en pureza. No es que lo recuerde a diario, es que está en mí de
forma permanente, es que yo me he retirado de mí mismo para hacerle hueco a él.
Un divorcio
despierta la culpabilidad, porque la culpa es un ejercicio de relieve, es relieve sobre
la tierra lisa. La vida de un ser humano es la construcción de relieves
que la muerte y el tiempo acabaran alisando
Un día dejó de preocuparse de su coche, un Seat Málaga
antiguo. Siempre se había angustiado por su coche obsesivamente, por cuidarlo,
por tenerlo siempre en perfecto estado. Lo abandonó en un garaje y dejó de
conducir.
Fui yo mismo a ver el coche, y estaba lleno de polvo.
Se lo dije:
<>.
Me miró, y
parecía que eso sí le hacía mella.
<>, dijo.
Cuando se
desentendió de su coche, supe que mi padre iba a morir pronto; supe que eso era
el final.
Fue uno de los
momentos más tristes de mi vida, mi padre me estaba diciendo adiós por una
maquina interpuesta.
En vez de
decirme: <>, me dijo:
<>. Dios mío, cuánta hermosura. Viniera de donde
viniera el espíritu de mi padre, estaba tocado del don de la elegancia, del don
de lo inesperado, de la ingenua originalidad.
Del estilo.
Me senté en una
silla de la cocina, y me lo quedé mirando. Me puse muy nervioso. Me angustié
mucho. Solo yo en todo el universo sabía lo que significaban esas palabras,
<>.
Me estaba
diciendo algo devastador: <>.
No percibo tu
amor.
No te amé lo
suficiente, y tú a mí tampoco.
Fuimos
condenadamente iguales.
Y no cogí la mano de mi padre moribundo. Nadie me enseñó a
hacerlo. Me daba pánico hacerlo, me daba miedo, un miedo que iba agigantando mi
soledad. El miedo a una mano, que acabó consintiendo la gran soledad en la que
vivo.
Eran los años setenta, cuando la vida iba más despacio y
podías verla. Los veranos eran eternos, las tardes eran infinitas, y los ríos
no estaban contaminados.
Que te espere alguien en algún sitio es el único sentido de
la vida, y el único éxito.
Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos
romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo
soportable.
Mi madre bautizó el mundo, lo que no fue nombrado por mi
madre resulta amenazador. Mi padre creó el mundo, lo que no fue sancionado por
mi padre me resulta inseguro y vacío.
Daniel
Dormir en la misma casa, tú en tu
pequeña habitación, yo en la mía, que es
también pequeña, pero un poco más grande que la tuya, es un privilegio.
Saber que estás al otro lado del tabique me da paz.
Pero hoy te has quedado dormido, y llegas tarde al instituto.
No sabes la pena que me causa que te pierdas una hora de
clase.
Las leyes de los hombres –yo las conozco- son inflexibles, y
debes aprender a convivir con ellas, como yo lo hice.
Me he quedado pensando en tu futuro.
Daría mi vida por protegerte mañana, para que no te alcance
nunca ninguna desdicha, ningún dolor, ningún veneno de los hombres.
Abro la ventana de tu cuarto y miro tus cosas y me conmuevo.
Adoro tus cosas.
Adoro tu letra, pequeña, dulce, humilde, la letra de un alma
bondadosa.
Adoro tu ropa colgada en mi armario, tu cazadora marrón, que
me encanta.
La fragilidad que expresa tu cuerpo me estremece y me alegra
al mismo tiempo.
Estás todo el día con los cascos, cuando te hablo no oyes.
Vives para el teléfono móvil, y poco para mí, que vivo para
ti.
Me gusta prepararte bocadillos delicados.
Pienso en que tendrás hambre a media mañana.
Adivino tu vulnerabilidad y sufro.
En ti me convertiré en ceniza y tu vida nueva verá la caída
de todas las cosas que me hirieron.
jueves, 17 de agosto de 2017
Grandes pensadores cristianos. Una pequeña introducción a la teología - Hans Küng
Pablo
de Tarso
En
todo ello no pasa inadvertido que, incluso en su crítica de la ley, Pablo está
meditando sobre la actitud de Cristo. También Jesús, en casos muy concretos -el
sábado, los preceptos relativos a la comida y a la purificación- se había
pronunciado a favor del “mandamiento de Dios” y contra la aplicación de la
Halaká, la “tradición de los hombres” o la “tradición de los patriarcas”
exigiendo, en lugar de la pureza cultual-ritual (lavado de manos), la pureza,
basada en la ética, del corazón.
Nadie
sabía mejor que el propio Pablo que él no era un super-hombre. Nadie tuvo mayor
conciencia de la propia humanidad y fragilidad, contrarias a toda pretensión de
infalibilidad. Fue un apóstol que siempre vio claramente que él quedaba muy por
detrás de la causa de Jesucristo, pero que jamás cayó en la desesperación ni en
la resignación, que no renunció jamás a la alegría: “No es que lo tenga ya
conseguido -escribe a los filipenses, su comunidad preferida-, ni que yo ya sea
perfecto. Sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, porque yo
mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado
todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está
por delante. Corriendo hacia la meta, intento conseguir el premio: la vocación
celestial que Dios nos ofrece en Cristo Jesús”
Orígenes
Orígenes
fue un cristiano convencido, pero siguió siendo total- mente heleno, como lo
atestigua, con admiración e irritación a un tiempo, Porfirio, el biógrafo de
Plotino: heleno y cristiano, cristiano y heleno. Era pacifista y rechazaba para
los cristianos el servicio militar, pero guardaba fidelidad (excepto en materia
de fe) a la autoridad estatal. Él fue quien creó, quien encarnó incluso, el
primer modelo de una teología científica, que tendría en todo el mundo antiguo,
tanto en Oriente como en Occidente, inmensa repercusión. Se puede incluso decir
con plena justificación que Orígenes fue el único auténtico genio entre los
Padres de la Iglesia griega.
Los
seres que habían pecado levemente, a un cuerpo etéreo: son los ángeles. Quienes
pecaron gravemente, al cuerpo más denso: son los demonios. Los intermedios, a
un cuerpo terrenal: son los hombres. Responsable de todo lo malo y maligno que
hay en el mundo no es, como en muchas mitologías, un ser divino inferior, sino
el mal uso de la libertad por parte de las propias criaturas.
Así, hasta la
historia de la humanidad puede ser entendida como un grandioso proceso
educativo, que a través de las muchas rupturas conduce continuamente hacia
arriba: como pedagogía (paideia) de Dios con los hombres. Es decir: la imagen
de Dios, que en el hombre había quedado sepultada bajo la culpa y el pecado,
resurge, por la providencia y el arte educativa del mismo Dios, en Cristo. Así,
según un muy determinado plan de salvación el hombre es llevado a la perfección.
En Cristo “ha empezado la unión de la naturaleza divina con la humana, para que
la humana, uniéndose íntimamente a lo divino, se vuelva ella misma divina”. Según
tal oikonomia, el hecho de que Dios tome carne humana es la condición previa
para que el hombre se convierta en Dios.
Pero
la pregunta de Harnack acerca del primitivo evangelio está justificada, y hoy
tiene que plantearse más urgentemente ante el horizonte, mucho más amplio, de
las religiones comparadas; pues la teología cristiana tiene más responsabilidad
que nunca en cuanto a la coexistencia ecuménica con otras religiones. ¿Qué
preguntas se plantean?
En
primer lugar, sobre el propio cristianismo: ¿no se deformará el primitivo
mensaje de Jesús y la predicación del Nuevo Testamento de Jesús, el Cristo de
Dios, crucificado, resucitado y presente en el Espíritu, si en la teología
cristiana, en la literatura y en la vida religiosa el centro de interés se
desplaza de la cruz y la resurrección a la concepción, el nacimiento y la “aparición”
(epifanía), o incluso a la preexistencia del Hijo de Dios y a su vida divina
antes de todos los tiempos? ¿No se ha convertido así el primitivo evangelio, la
“palabra de la cruz” paulina, en una doctrina metafísica, triunfalista a priori,
en una “teología de la gloria?
Después,
de cara al judaísmo: ¿está en consonancia con la Biblia hebrea el hecho de que
teólogos cristianos, llevando al extremo la inspiración divina de la Biblia, la
vean como un libro de pro- fundos misterios cristianos que ellos intentan
dilucidar con ayuda del método alegórico, metafórico, de manera que hasta creen
des- cubrir en la Biblia hebrea, en el “Antiguo Testamento”, una trinidad
formada por Padre, Hijo y Espíritu?
Finalmente,
con la mirada puesta en el islam:¿está en conformidad con la Biblia hebrea, con
el Antiguo Testamento, ese acopla- miento, cada vez más riguroso, de la
historia de la salvación que narran los libros bíblicos, a un sistema dogmático
de creciente complicación, un sistema que ya en el siglo posterior a Orígenes
divide a la Iglesia y la involucra en discusiones cada vez más complejas, de tal
modo que posteriormente el islam, con su sencillo mensaje -cercano al
cristianismo de origen judío- del Dios único, del profeta y Mesías Jesús, y del
“sello” de los profetas, Mahoma, tendría tan rotundo éxito?
¿Cuál
es ese centro permanente? Lo que creyó desde el principio la comunidad
cristiana; lo que da unidad a Pablo y a Juan, Marcos, Mateo y Lucas y a todos
los otros testigos del Nuevo Testamento:
-
El
hombre Jesús de Nazaret, el crucificado, fue resucitado por Dios a nueva vida
y, constituido como Mesías e Hijo, reina como Señor glorificado.
-
Dios,
el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, es también el mismo Dios al que Jesús
llamó su Padre y vuestro Padre.
-
El
poder del Espíritu, que alcanzó ese poder en Jesús y por Jesús, es el Espíritu
de Dios mismo, que sólo está presente en toda la creación, sino que también da
fuerza, consuelo y alegría a todos los que creen en Jesús, el Cristo.
Agustín
de Hipona
Como
Orígenes, Aurelio Agustín fue un hombre de inmensas dotes, de apasionada
entrega a una causa, de coincidencia entre doctrina y vida; Agustín intentó
conciliar la fe cristiana y el pensamiento neo-platónico, la idea de Dios según
la Biblia y según el neoplatonismo; entendió la teología como reflexión
metódica sobre la fe cristiana, una reflexión que no permite la contradicción
entre fe y razón: teología como discurso o información especulativa sobre Dios.
Como Orígenes, Aurelio Agustín reelaboró, de un modo con- servador e innovador
a la vez, todas las tendencias y todos los materiales filosóficos; se consagró
a la apologética cristiana y a la exégesis bíblica, a la profundización
sistemática y a la predicación práctica del mensaje cristiano; practicó la
interpretación alegórica de la Escritura, que en muchos pasajes prefiere el
sentido espiritual al literal. Como para Orígenes, también para Aurelio Agustín
estuvo Dios, tal y como se reveló en su Logos e Hijo, en el centro de la
teología; el alma espiritual, que está en poder del cuerpo, ha de encontrar a
través de Cristo el camino de ascenso a Dios; la religión debe ser, en lugar de
un fenómeno comunitario y cultual, asunto del corazón. Una de las muchas frases
célebres de Agustín reza así: “Nos has creado para ti y nuestro corazón está
inquieto hasta que descanse en ti”
El
Estado sólo reconocía a la Iglesia católica, cuya autoridad tanto admiraba
Agustín desde su conversión; él no creería en el evangelio, había declarado, si
la autoridad de la Iglesia católica no le indujera a ello. La subordinación del
individuo a la Iglesia como institución, como entidad que administra la
salvación, los medios de la gracia: éste sería un elemento característico del
cristianismo latino.
Pero
el precio de esa “victoria” sería, a largo plazo, elevado, demasiado elevado.
Los historiadores opinan hoy que la conversión forzosa de los donatistas fue el
inicio de la decadencia de la tan orgullosa Iglesia africana: que los antiguos
donatistas, cuyos descendientes, a finales del siglo vi, aún causaban
preocupación al papa Gregorio Magno, no tuvieron interés en defender la fe
católica. Por eso las Iglesias africanas, incluidas las de Cartago e Hipona,
fueron arrolladas por el islam en el siglo VII y desaparecieron de la historia
sin dejar huella... (…) Pero Agustín, obispo, varón religioso, que tan
convincentemente sabía hablar del amor divino y humano, se ha visto convertido,
con su fatal argumentación en la crisis donatista, en el principal testigo de
descargo al que se ha recurrido a lo largo de los siglos: testigo en pro de la
justificación teológica de conversiones forzosas, inquisiciones y guerras
santas contra disidentes de todo tipo, una justificación que se convertiría en
un rasgo característico del paradigma medieval y que jamás tuvo el apoyo de los
Padres de la Iglesia griega.
La
lógica consecuencia de todo ello fue que Pelagio, al contrario que Agustín,
rechazó la idea de un “pecado original”, trasmitido por Adán a todos los
hombres, idea que ya había sido expuesta en un comentario a Pablo atribuido
erróneamente a Ambrosio.
El
mal no es la sexualidad en sí misma (dicen los maniqueos), pero sí la pérdida
del control (dice Agustín). (…) Que quede bien claro: hasta entonces, ningún
autor de la Antigüedad había sacado de tal manera la sexualidad a la luz del
frío análisis psicológico...
Contra
el moralismo, tan extendido en la antigua Iglesia latina, que tiene
excesivamente en cuenta las obras del hombre, él muestra que todo está basado
en la gracia de Dios: “¿Qué tienes tú que no hayas recibido?”. Según Agustín,
por tanto, el cristianismo tenía que presentarse, no como una religión de las
obras y de la ley sino como una religión de la gracia.
Y entonces no puede
ponerse en duda que ese mismo Agustín que defendía con razón, contra el primado
griego del intelecto, el primado de la voluntad y del amor, que escribió una
frase tan grandiosa como “dilige et quod vis fac” (“ama y haz lo que quieras”),
que sabía hablar tan maravillosamente de la gracia de Dios, fue también
responsable de trayectorias enormemente problemáticas, dentro de la Iglesia
latina, y ello en tres puntos determinantes: 1. La represión de la sexualidad
en la teología y la Iglesia occidental. 2. La cosificación de la gracia. 3. El
miedo a la predestinación en la religiosidad occidental: mientras que los
Padres de la Iglesia griega siguen convencidos de que el hombre tiene una
capacidad de decisión antes y después de la caída y no saben nada de una
forzosa predestinación divina a la salvación o la condenación, y en parte
tienden incluso, como Orígenes y los origenistas, a la reconciliación universal
al final de los tiempos, Agustín adoptó en su vejez, reaccionando
exageradamente contra el pelagianismo, una concepción mitológica maniquea, neutralizó,
además, la significación universal de Cristo y redujo a un plano individual, de
modo totalmente antipaulino, las afirmaciones de la epístola a los Romanos relativas
a Israel y a la Iglesia.
Tomás
de Aquino
Para
los teólogos anteriores era más fácil; ellos mostraban, por así decir, la
legitimidad de la razón, al lado de la fe. Tomás, sin embargo, se veía
obligado, como explica en las introducciones a las dos Sumas, a mostrar la
legitimidad de la fe al lado de la razón. Un reto totalmente nuevo que obligaba
a reflexionar, de un modo nuevo y profundo, sobre la relación entre razón y fe.
¿Cuál era ese modo? (…) Si se acepta esto, la consecuencia es un liberador giro
de la totalidad de la teología: un giro hacia lo creado y lo empírico, un giró
hacia el análisis racional, un giro hacia la investigación científica.
Frente
al agustiniano “credo ut intelligam” (“creo para entender”), en esta teología
se halla en primer plano el “intelligo ut credam” (“entiendo para creer”).
Martín
Lutero
El
punto de partida de la empresa reformadora de Lutero no fue, por tanto,
determinados abusos dentro de la Iglesia, ni fue en absoluto el tema de la
Iglesia, sino el tema de la salvación: ¿Cómo es la relación del hombre con
Dios? ¿Y la de Dios con el hombre? ¿Cómo puede estar el hombre seguro de
salvarse por obra de Dios? ¿Cómo puede el hombre pecador enderezar su relación
con el Dios justo? ¿Cuándo está justificado ante Dios? Lutero había encontrado
la respuesta sobre todo en la epístola a los Romanos del apóstol Pablo: el
hombre no puede en absoluto por sí mismo, por muy piadoso que sea, aparecer
como justo ante Dios, estar justificado ante él. Dios es quien, con la libertad
de su gracia, en su calidad de Dios misericordioso, justifica al pecador, sin
que éste lo merezca. Y esa gracia, el hombre sólo puede acogerla si confía
lleno de fe. Para Lutero, la fe pasa a ser la más importante de las tres virtudes
teologales, con la fe recibe el hombre injusto y pecador la justicia de Dios.
No:
la Reforma luterana no preparó el terreno (como se afirma tantas veces en las
historias de la Iglesia de autoría protestante) a la Modernidad, a la libertad
de religión y a la Revolución Francesa (para ello hará falta otro esencial
cambio de paradigma) sino, por lo pronto, al absolutismo y despotismo de los
príncipes. Visto en su conjunto, en la Alemania luterana –con Calvino fue
distinto- no tomó cuerpo la Iglesia libre cristiana, sino la hegemonía –dudosa
desde un punto de vista cristiano- de los príncipes de la Iglesia, una situación
que en Alemania tocaría a su fin solo con la revolución que siguió a la Primera
Guerra Mundial. Pero todavía en el periodo nacionalsocialista, la resistencia
de la Iglesias luteranas a un régimen totalitario de terror como el de Hitler
se vio fuertemente reducida por la “doctrina de los dos reinos”, por el
sometimiento, normal desde Lutero, de las Iglesias a la autoridad estatal y por
la insistencia en la obediencia civil en cosas profanas. Solo de paso podemos
mencionar aquí que ya Martín Lutero, en los sermones anteriores a su muerte,
habló sobre los judíos de una manera tan repugnante y a-cristiana que a los
nacionalsocialistas no les resultó nada difícil hallar en él un testigo de
excepción para justificar su odio a los judíos y su agitación antisemita.
Y,
finalmente, la última anotación de Lutero: “A Virgilio, con sus poemas de
pastores y campesinos, nadie puede comprenderle si no ha sido cinco años pastor
o campesino. A Cicerón, con sus cartas, eso me imagino yo, nadie puede
comprender le si no ha actuado veinte años en un Estado excelente. La sagrada
Escritura que nadie piense haberla comprendido lo suficiente si no ha gobernado
las Iglesias cien años con los profetas. No se te ocurra poner la mano en la divina
Eneida, antes bien, en profunda adoración sigue sus huellas. Mendigos somos. Es
verdad”
Friedrich
Schleiermacher
Religión
no es ciencia, no es un pensar con la meta de “definir y explicar el universo
en consonancia con su naturaleza, como hace la metafísica”. Objeto de la
religión no es tampoco la moral, ni el obrar: obrando conforme a la moral
influir en el universo, “continuar formándolo en virtud de la libertad y de la
libre voluntad divina del hombre, y perfeccionarlo como la moral”. No es que la
religión no tenga nada que ver con entendimiento y moral. Pero el objeto de la “religión”
es algo autónomo, primigenio, indeducible, inmediato. Lo propio de la religión
es una misteriosa vivencia, es un estar movido por el mundo de lo eterno. (…) Dicho
más exactamente: la religión pretende vivir con recogimiento el universo, la
totalidad de lo que es y de lo que sucede, en -estas categorías son de Fichte-
un inmediato contemplar y sentir. (…) Religión no es ni teoría ni práctica, es ni arte ni ciencia, sino “sentido y gusto
de lo infinito”.
Schleiermacher
(…) en su “doctrina de la fe” hablará más exactamente de religión como del sentimiento
de dependencia por excelencia del hombre.
La
cristología de la conciencia de Schleiermacher ha entrañado siempre una
dificultad: la conciencia religiosa sólo gira en torno a sí misma, sin tener un
objeto propiamente dicho.
Karl
Barth.
El
f rente por la derecha: Barth protesta en primer lugar contra un catolicismo
romano que, como consecuencia de la Escolástica y primer concilio Vaticano,
puso a la misma altura a Dios y al hombre, estableciendo así una reciprocidad
entre Dios y hombre , naturaleza y gracia, razón y fe, filosofía y teología. Lo
extraordinaria- mente pernicioso de ese “condenado y católico” se puso de
manifiesto para Barth sobre todo en los dogmas marianos católicos (Jesús y
María) y en el modo católico de entender la Escritura y la tradición, Cristo y
el papa infalible.
El
frente por la izquierda: Barth lucha al mismo tiempo, y no menos, contra el
neoprotestantismo liberal que, tras las huellas de Schleiermacher, tomaba como
pun to de orientación solamente al hombre religioso, al hombre piadoso, y no a
Dios y su revelación.
Mas
he aquí la ironía de la historia: el más importante resultado teológico del
libro de Balthasar fue que toda aquella diástasis, en la que tanto insistía
Barth, de analogía entis o analogía fidei, resultó ser un falso planteamiento.
Cualesquiera que sean las prácticas de la religiosidad popular católica, la
teología y la Iglesia católicas no quieren meramente nivelar la diferencia
entre Dios y hombre, no quieren ni pueden apropiarse de la Revelación, de la
gracia de Dios. Atenazado teológicamente con difíciles matices del concepto de
naturaleza, Barth, finalmente, tuvo que admitirlo.
Lo admito sin
reparos: sin el libro de Balthasar mi propio trabajo sobre Barth no hubiese
sido posible. Aprendí de Balthasar que lo católico y lo evangélico son conciliables
justamente allí donde ambos son ellos mismos con la mayor lógica interna. De él
aprendí sobre todo que Karl Barth, precisamente por representar la más consecuente
encarnación de la teología evangélica, es el que más cerca está de la teología
católica: evangélicamente centrado en Cristo y precisamente por eso abarcando
católicamente lo universal: la posibilidad de una nueva teología ecuménica.
Lo
hemos visto al hacer nuestra semblanza de Lutero: desde los tiempos de la
Reforma y del concilio de Tren to se ha considerado como el impedimento básico
para un acercamiento entre protestantes y católicos la doctrina de la
justificación del pecador. Si en este punto se conseguía mostrar una convergencia,
o incluso un consenso, eso supondría un logro extraordinario para la superación
del cisma de la Iglesia.
¿Qué significa el “credo
ut intelligam” de Anselmo? Para Karl Barth, no cabe la menor duda: “Creo para
entender”. La “fe” tiene prioridad en todo. Según Barth, el cristiano, desde el
principio, tiene que dar un salto a la cosa misma. No ha de tratar de
comprender primero (los condicionamientos históricos, filosóficos,
antropológicos, psicológicos de la fe), para creer después, como opina
Schleiermacher. Sino justamente al revés: primero creer para, indagando después
en las “posibilidades” de esa fe, comprenderla. La fe es definida por Barth
como conocimiento y aceptación de la palabra de Cristo, la cual sin embargo -y
aquí surge la problemática- es identificada muy pronto con el credo cristiano,
con la profesión de fe devenida históricamente en el curso de una larga
historia.
Cuando se ha dedicado
casi toda una vida a estudiar a esos grandes pensadores cristianos (y a algunos
más), cuando se ha intentado aprender, renovadamente , de todos ellos sin
querer suscribirse to- talmente a ninguno en particular, se plantea uno la
pregunta: ¿qué teología es deseable hoy, qué teología tendría que realizar hoy
uno mismo? Voy a l imitarme a tres puntos de vista -conciencia ética, estilo y
programa de la teología- que en el transcurso de las pasadas décadas han sido
importantes para mi propia actividad teológica. En lo tocante a la conciencia
ética de toda actividad teológica, hoy, en mi opinión, hace falta lo siguiente:
-
una
teología, no oportunista-conformista , sino auténtica
-
una
teología, no autoritaria sino libre
-
una
teología no tradicionalista sino crítica; una teología que, con libertad y
autenticidad, se ha suscrito a la ética científica de la verdad, a la
disciplina metodológica y al examen crítico de todos sus planteamientos de
problemas, métodos y resultados
-
una
teología no confesionalista sino ecuménica; una teología que en la otra
teología no ve al adversario sino al interlocutor y que, en lugar de la
separación, lo que busca es el mutuo entendimiento, y esto en dos direcciones:
ad intra, para la esfera del ecumene intraeclesiástico, intracristiano, y ad
extra, para la esfera del ecumene universal extraeclesiástico, extracristiano,
con sus diferentes regiones, religiones, ideologías y ciencias.
Migajas filosóficas o un poco de filosofía - Soren Kierkegaard
(…)
a un hombre le resulta imposible buscar lo que sabe y le es igualmente
imposible buscar lo que no sabe, porque lo que sabe no puede buscarlo, pues ya
lo sabe, y lo que no sabe tampoco puede buscarlo, pues ni siquiera sabe qué
debe buscar. Sócrates resuelve la dificultad a través de la idea de que todo
aprender y todo buscar es sólo recordar, de tal modo que el ignorante no
necesita más que rememorar para llegar a ser consciente de lo que sabe. Así
pues, la verdad no le es inculcada, pues estaba en él. Más adelante Sócrates
desarrolla esta idea. En ella se concentra realmente el pathos griego, ya que
se convierte en una prueba de la inmortalidad del alma nótese bien el sentido
retrógrado o en una prueba de la preexistencia del alma
Si pudiera soñar en toparme en la otra vida con
Sócrates, con Prodikos o con la sirvienta, ni siquiera allí sería ninguno de
ellos más que una ocasión. Sócrates lo expresa con intrepidez, afirmando de sí
mismo que en los infiernos sólo desearía preguntar, porque la intención final
de todo preguntar es que el propio interrogado posee la verdad y ha de
alcanzarla por sí solo. El punto de partida temporal es una nada, pues en el
instante mismo de descubrir que desde la eternidad había conocido la verdad sin
saberlo, en ese mismo ahora el instante se oculta en lo eterno, de tal modo
oculto allí dentro que, por así decirlo, tan poco podría hallarlo yo aunque lo
buscara, porque no existe ningún Aquí o Allí, sino solamente un ubique et
nusquama.
El maestro es Dios, que da la condición y da la
verdad.
El hombre necesita de Dios sólo para llegar a
saber que Dios es diferente y es entonces cuando consigue saber que Dios es
absolutamente diferente de él. Pero que Dios haya de ser absolutamente
diferente del hombre no puede tener su fundamento en lo que el hombre debe a
Dios (pues es de ese punto de vista está
emparentado con él), sino en lo que se debe a sí mismo o en aquello que le ha
hecho culpable. ¿Dónde está, entonces, la diferencia? ¿Dónde sino en el pecado,
puesto que la diferencia, la absoluta, ha de ser responsabilidad del hombre
mismo?
Si la paradoja y la razón se chocan en la común
comprensión de su diferencia, el choque será tan feliz como la comprensión del
amor, feliz en la pasión a la que todavía no hemos dado nombre alguno, aunque
más tarde vamos a dárselo. Si el choque no se realiza en la comprensión,
entonces la relación es infeliz y si puedo atreverme a decirlo a este amor
infeliz de la razón
Fácilmente se ve en contraste con esto que !a fe
no es un conocimiento, sino un acto de libertad, una manifestación de la
voluntad. Cree en el devenir y por ello suprime en sí la incertidumbre que
corresponde a la nada de lo no-existente.
Pedro Páramo - Juan Rulfo
Vine
a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi
madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.
Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo
en plan de prometerlo todo.
Sí,
Dorotea. Me mataron los murmullos. Aunque ya traía retrasado el miedo. Se me
había venido juntando, hasta que ya no pude soportarlo. Y cuando me encontré
con los murmullos se me reventaron las cuerdas.
Ya
déjate de miedos. Nadie te puede dar ya miedo. Haz por pensar en cosas
agradables porque vamos a estar mucho tiempo enterrados.
Hacía
tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo. Y aunque lo hubiera
hecho, ¿qué habría ganado? El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada,
que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra.
Esperaba
que alguna vez. Nada puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso
que sea que no se apague.
Dice
que ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como
piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan.
Dice que él le mordía los pies diciéndole que eran como pan dorado en el horno.
Que dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir
que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso,
luego 97 tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda;
sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido. Pero que le había dolido más su
muerte.
¡Señor,
tú no existes! Te pedí tu protección para él. Que me lo cuidaras. Eso te pedí.
Pero tú te ocupas nada más de las almas. Y lo que yo quiero de él es su cuerpo.
Desnudo y caliente de amor; hirviendo de deseos; estrujando el temblor de mis
senos y de mis brazos. Mi 98 cuerpo transparente suspendido del suyo. Mi cuerpo
liviano sostenido y suelto a sus fuerzas. ¿Qué haré ahora con mis labios sin su
boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?
Faltaba
mucho para el amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas
de tanta noche.
¿Y
por qué no te juntas con ellos? Ya te he dicho que hay que estar con el que
vaya ganando.
En
el comienzo del amanecer, el día va dándose vuelta, a pausas; casi se oyen los
goznes de la tierra que giran enmohecidos; la vibración de esta tierra vieja
que vuelca su oscuridad.
Mientras agonizo - Faulkner
De
vez en cuando se piensan cosas. No con demasiada frecuencia, sin embargo. Lo
que es buena cosa. Pues el Señor quiere que obremos y no perdamos demasiado
tiempo pensando, porque nuestro cerebro es como una pieza de relojería: no
aguanta siempre en marcha. Es mejor cuando funciona siempre igual, cuando hace
su tarea diaria y no usa ninguna de sus partes más de lo necesario.
Entonces
sólo recordaba que mi padre decía que el sentido de la vida era prepararse para
estar muerto mucho tiempo.
domingo, 9 de julio de 2017
Desaprendizajes - J.M. Caballero Bonald
Contra lo unitario
Las pausas, intervalos, paréntesis que jalonan las fases del recuerdo se confabulan contra lo unitario, quebrantan esa frágil correlación de semejanzas entre los que sucesivamente he sido.
El que fui y el que soy, ¿continuarán en todo caso estando juntos?
Sobre la eficacia de la duda
Qué palabra inhumana la palabra certeza, dije en difusos días discordantes.
Y quedeme no sabiendo
La explícita, apremiante realidad me desconsuela como los desperdicios que devuelve la marea, como un ramo de flores marchitas sobre el mármol lunar, como una alacena que ha sido desposeída al amanecer por la desesperación.
Miraba la mar
Hay quien pretende dilapidar la vida cuando ya solo quedan rastros de haber vivido.
El pasado comienza en este mismo instante.
Fin de ciclo
Llegó la desventura por la parte del sur y procuré atajarla, la negué setenta veces siete antes de que alcanzase el tamaño oneroso de la frustración. Entró como un navío a la deriva, sin luz ni gobernalle, y acabó encallando en la desapacible habitación donde ciertos olvidos encuentran acomodo.
Volver adonde nunca
Una tenaz gama de blancos fundidos bruscamente en negro se estampa entre las lindes no visibles del día. Ya no eres quien eras hace solo un instante ni vas de no se sabe dónde a sitio alguno...
Las pausas, intervalos, paréntesis que jalonan las fases del recuerdo se confabulan contra lo unitario, quebrantan esa frágil correlación de semejanzas entre los que sucesivamente he sido.
El que fui y el que soy, ¿continuarán en todo caso estando juntos?
Sobre la eficacia de la duda
Qué palabra inhumana la palabra certeza, dije en difusos días discordantes.
Y quedeme no sabiendo
La explícita, apremiante realidad me desconsuela como los desperdicios que devuelve la marea, como un ramo de flores marchitas sobre el mármol lunar, como una alacena que ha sido desposeída al amanecer por la desesperación.
Miraba la mar
Hay quien pretende dilapidar la vida cuando ya solo quedan rastros de haber vivido.
El pasado comienza en este mismo instante.
Fin de ciclo
Llegó la desventura por la parte del sur y procuré atajarla, la negué setenta veces siete antes de que alcanzase el tamaño oneroso de la frustración. Entró como un navío a la deriva, sin luz ni gobernalle, y acabó encallando en la desapacible habitación donde ciertos olvidos encuentran acomodo.
Volver adonde nunca
Una tenaz gama de blancos fundidos bruscamente en negro se estampa entre las lindes no visibles del día. Ya no eres quien eras hace solo un instante ni vas de no se sabe dónde a sitio alguno...
Corazón tan blanco - Javier Marías
No he querido saber, pero he sabido que
una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de
su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se
abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la
pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y
tres invitados.
Así, lo que vemos y oímos acaba por
asemejarse y aun igualarse con lo que no vimos ni oímos, es sólo cuestión de
tiempo, o de que desaparezcamos. Y a pesar de todo no podemos dejar de
encaminar nuestras vidas hacia el oír y el ver y el presenciar y el saber, con
el convencimiento de que esas vidas nuestras dependen de estar juntos un día o
responder a una llamada, o de atrevernos, o de cometer un crimen o causar una
muerte y saber que fue así.
Me di cuenta de que no lo sabía por la
imposibilidad de saber la verdad, la cual, sin embargo, no siempre me ha
parecido determinante a la hora de tomar partido por las cosas o por las
personas.
No era desconfianza ni falta de
compañerismo ni ganas de ocultamiento. Era simplemente instalarse en el
convencimiento o superstición de que no existe lo que no se dice. Y es verdad
que sólo lo que no se dice ni se expresa es lo que no traducimos nunca.
Escuchar es lo más peligroso. Es saber,
estar al tanto. Los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse
instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente
que va a escucharse, siempre es demasiado tarde
'La gente quiere en buena medida
porque se la obliga a querer', había dicho la adalid inglesa. Y luego había
añadido: 'Cualquier relación entre las personas es siempre un cúmulo de
problemas, de forcejeos, también de ofensas y humillaciones'. Y un poco más
tarde: 'Todo el mundo obliga a todo el mundo, no tanto a hacer lo que no
quiere, sino más bien lo que no sabe si quiere, porque casi nadie sabe lo que
no quiere, y menos aun lo que quiere, no hay forma de saber esto último'. Y aún
había continuado, mientras nuestro muy alto cargo guardaba silencio, quizá ya
cansado de aquel discurso o como si estuviera aprendiendo algo: 'A veces los
obliga algo externo o quien ya ha dejado de estar en sus vidas, los obliga el
pasado, su desconcierto, su propia historia, su desdichada biografía. O incluso
cosas que ignoran y no están a su alcance, la parte de nuestra herencia que
llevamos todos y desconocemos, quién sabe cuándo se inició ese proceso...'
Todo el mundo obliga a todo el mundo, no
tanto a hacer lo que no quiere, sino más bien lo que no sabe si quiere, porque
casi nadie sabe lo que no quiere, y menos aun lo que quiere, no hay forma de
saber esto último. Si nadie fuera nunca obligado a nada el mundo se detendrá,
todo permanecerá flotando en una vacilación global y continua, indefinidamente.
La gente solo quiere dormir, los arrepentimientos anticipados nos paralizarían,
imaginar lo que viene después de los actos aun no cometidos es siempre
horrible, por eso los gobernantes somos tan imprescindibles, estamos aquí para
tomar las decisiones que los demás nunca tomarán, inmovilizados por sus dudas y
por la falta de voluntad.
(…) La vida o los venideros años no
dependen de lo que se hace, sino de lo que se sabe de uno, de lo que se sabe
que ha hecho y de lo que no se sabe porque no hubo testigos y se ha callado.
Quizás hay que aceptar el engaño, que es parte de la verdad, como la verdad del
engaño, nuestro pensamiento es oscilante y ambiguo y no tolera que no haya
recelos, para él habrá siempre zonas de sombra (…).
Cuántas cosas se van no diciendo a lo
largo de una vida o historia o relato, a veces sin querer o sin proponérselo.
Guarda silencio quien ya tiene algo y
puede perderlo, no quien ya lo perdió o está a punto de ganarlo.
(…) tal vez Berta le habría contado toda
mi historia por hablar de algo, sobre la almohada se traiciona y denigra a los
otros, se revelan sus mayores secretos y se dice la única opinión que halaga al
que escucha, y que es la desestimación del resto: todo lo ajeno a ese
territorio se convierte en prescindible y secundario si no en desdeñable, es
allí donde más se abjura de las amistades y de los pasados amores y también de
los presentes (…)
Era una voz vacilante, como si
estuviera hablando sin estar convencido de querer hacerlo, como si se
diera cuenta de que las cosas se dicen muy fácilmente (basta con empezar, una
palabra tras otra) pero una vez oídas ya no se olvidan, se saben. Como si
recordara eso.
Pude callar y callar para siempre, pero
uno cree que quiere más porque cuenta secretos, contar parece tantas veces un
obsequio, el mayor obsequio que puede hacerse, la mayor lealtad, la mayor
prueba de amor y entrega. Y se hacen méritos contando. De repente a uno no le
basta con decir tan sólo encendidas palabras que se gastan pronto o se hacen
repetitivas. Tampoco le basta a quien las escucha. El que dice es insaciable y
es insaciable el que escucha, el que dice quiere mantener la atención del otro
infinitamente, quiere penetrar con su lengua hasta el fondo (»la lengua como
gota de lluvia, la lengua al oído«, pensé), y el que escucha quiere ser
distraído infinitamente, quiere oír y saber más y más, aunque sean cosas
inventadas o falsas.
Ella me obligo a quererla al principio,
luego quiso casarse y yo no me opuse, su madre, las madres quieren que las
hijas se casen, o lo querían entonces (»Todo el mundo obliga a todo el mundo«,
pensé» y si no el mundo se detendría, todo permanecería flotando en una
vacilación global y continua, indefinidamente. La gente solo quiere dormir, los
arrepentimientos anticipados nos paralizarían«).
Se, o creo, que lo que haya sucedido o
suceda entre Luisa y yo no lo sabré tal vez hasta dentro de mucho tiempo, o
quizá no me toque saberlo a mí sino a mis descendientes, si tenemos alguno, o a
alguien desconocido y ajeno y que acaso tampoco se encuentre aun en el
codiciado mundo, nacer depende de un movimiento, de un gesto, de una frase
pronunciada en el otro extremo de ese mismo mundo.
A veces tengo la sensación de que nada de
lo que sucede sucede, de que todo ocurrió y a la vez no ha ocurrido, porque nada
sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda
incesantemente, y hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va
anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada
ni nadie es nadie que fueran antes, y la débil rueda del mundo es empujada por
desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es
cognoscible ni comprobable. A veces tengo la sensación de que lo que se da es
idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo
que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, y
sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y
seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga
de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse, sea al
instante o al cabo del tiempo, y así ser borrada o difuminada, la anulación de
lo que vamos siendo y vamos haciendo. Volcamos toda nuestra inteligencia y
nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado,
o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones
perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando
lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. Jamás hay conjunto, o
acaso es que nunca hubo nada. Solo que también es verdad que a nada se le pasa
el tiempo y todo esta ahí, esperando a que se lo haga volver, como dijo Luisa.
sábado, 3 de junio de 2017
La inmortalidad – Milan Kundera
Era el encanto del gesto, ahogado en la falta de
encanto del cuerpo. Pero aquella mujer, aunque naturalmente tenía que saber que
ya no era hermosa, lo había olvidado en aquel momento. Con cierta parte de
nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que sólo en circunstancias
excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del
tiempo carezcamos de edad.
El peligro del odio consiste en que nos ata al
adversario en un estrecho abrazo.
Yo fui derrotada. Tú te rendiste.
Nunca sabremos por qué irritamos a la gente, qué es
lo que nos hace simpáticos, qué es lo que nos hace ridículos; nuestra propia
imagen es para nosotros nuestro mayor misterio.
Es una ilusión ingenua creer que nuestra imagen no
es más que una apariencia tras la cual está escondido nuestro yo como la única
esencia verdadera, independientemente de los ojos del mundo. Los imagólogos han
descubierto con cínico radicalismo que es precisamente todo lo contrario:
nuestro yo es una mera apariencia, inaprehensible, nebulosa, mientras que la
única realidad, demasiado aprehensible y descriptible, es nuestra imagen a los
ojos de los demás. Y lo peor es que no eres su dueño. Primero intentas
dibujarla tú mismo, después quieres al menos influir en ella y controlarla,
pero en vano: basta con una frase malintencionada y te conviertes para siempre
en una caricatura tristemente simple.
Pero lo que Bettina denomina “wahre Liebe” (amor
verdadero), no es un amor-relación, sino un amor-sentimiento; un fuego
encendido por una mano celestial en el alma del hombre, una antorcha bajo cuya
luz el que ama “busca al amado en cada encarnación”. Un amor semejante
(amor-sentimiento) no sabe lo que es la infidelidad, porque, aunque cambie el
objeto del amor, el amor en sí sigue siendo siempre la misma llama encendida
por la misma mano celestial.
(…) el motivo y el sentido de su amor no era
Goethe, sino el amor.
El homo sentimentalis no puede ser definido como un
hombre que siente (porque todos sentimos), sino como un hombre que ha hecho un
valor del sentimiento. A partir del momento en que el sentimiento se considera
un valor, todo el mundo quiere sentir; y como a todos nos gusta jactarnos de
nuestros valores, tenemos tendencia a mostrar nuestros valores […]. Es parte de
la definición de sentimiento el que nazca en nosotros sin la intervención de
nuestra voluntad, frecuentemente contra nuestra voluntad. En cuanto queremos
sentir (decidimos sentir, tal como Don Quijote decidió amar a Dulcinea) el
sentimiento ya no es sentimiento, sino una imitación del sentimiento, su
exhibición. A lo cual suele denominarse histeria. Por eso, el homo
sentimentalis (es decir, el hombre que ha hecho del sentimiento un valor) es en
realidad lo mismo que el homo hystericus.
Pienso luego existo, es el comentario de un
intelectual que subestima el dolor de muelas. Siento luego existo es una verdad
que posee una validez mucho más general y se refiere a todo lo vivo. Mi yo no
se diferencia esencialmente del de ustedes por lo que piensa. Gente hay muchas,
ideas pocas: todos pensamos aproximadamente lo mismo y las ideas nos las
traspasamos, las pedimos prestadas, las robamos. Pero cuando alguien me pisa el
pie, el dolor sólo lo siento yo. La base del yo no es el pensamiento, sino el
sufrimiento, que es el más básico de todos los sentimientos. En el sufrimiento,
ni siquiera un gato puede dudar de su insufrible yo. En un sufrimiento fuerte,
el mundo desaparece y cada uno de nosotros está a solas consigo mismo. El
sufrimiento es la universalidad del egocentrismo. (…) No soy digno de mi
sufrimiento, una gran frase. De ella se deriva que el sufrimiento que el
sufrimiento no sólo es la base del yo, su única prueba ontológica indudable,
sino que es también de todos los sentimientos el que merece mayor respeto: el
valor de todos los valores.
El gesto de ansia de inmortalidad sólo conoce dos
sitios en el espacio: yo aquí y el horizonte allá a lo lejos; sólo dos
conceptos: el absoluto que es el yo y el absoluto del mundo. Ese gesto nada
tiene que ver con el amor, porque el otro hombre, el prójimo, quienquiera que
se encuentre entre esos dos polos extremos (yo y el mundo), queda de antemano
eliminado del juego, apartado, inadvertido. (…) En el origen de su lucha hay un
amor excitado e insatisfecho por su yo, al que desea dar rasgos expresivos para
enviarlo luego (mediante el gesto de ansia de inmortalidad que hemos descrito)
al gran escenario de la historia, en el que están fijos miles de ojos; y
nosotros sabemos, como lo demuestra el ejemplo de Míshkin y Nastasia
Filíppovna, que bajo el efecto de miradas intensas el alma crece, se hincha, es
cada vez mayor, y finalmente se eleva hacia el cielo como una magnífica
aeronave iluminada. Lo que hace que la gente levante el puño, lo que le pone
fusiles en la mano, lo que la impulsa a la lucha común por causas justas e
injustas, no es la razón, sino el alma hipertrofiada. Ella es la gasolina sin
la cual el motor de la historia no giraría y sin la cual Europa estaría tumbada
en la hierba viendo pasar perezosamente las nubes en el cielo.
“Depuis
huit jours, j'avais déchiré mes bottines aux cailloux des chemins ...”, escribe
Rimbaud. Camino: franja de tierra por la que se va a pie. La carretera
se diferencia del camino no sólo porque por ella se va en coche, sino porque no
es más que una línea que une un punto a otro. La carretera, no tiene su sentido
en sí misma; el sentido sólo lo tienen los dos puntos que une. El camino es un
elogio del espacio. Cada tramo del camino tiene sentido en sí mismo y nos
invita a detenernos. La carretera es la victoriosa desvalorización del espacio,
que gracias a ella no es hoy más que un simple obstáculo para el movimiento
humano y una pérdida de tiempo. Antes de que los caminos desaparecieran del
paisaje, desaparecieron del alma humana: el hombre perdió el deseo de andar, de
caminar con sus propias piernas y disfrutar de ello. Ya ni siquiera veía su
vida como un camino, sino como una carretera: como una línea que va de un punto
a otro punto, del grado de capitán al grado de general, de la función de esposa
a la función de viuda. El tiempo de la vida se convirtió para él en un simple
obstáculo que hay que superar a velocidades cada vez mayores. El camino y la
carretera son también dos concepciones diferentes de la belleza. Cuando Paul
dice que en tal o cual lugar hay un paisaje hermoso, eso significa: si paras el
coche verás un hermoso castillo del siglo xv y junto a él un parque; o: hay
allí un lago y, por su brillante superficie, que se extiende a lo lejos,
navegan los cisnes. En el mundo de las carreteras un paisaje hermoso significa:
una isla de belleza unida por una larga línea a otras islas de belleza. En el
mundo de los caminos la belleza es ininterrumpida y constantemente cambiante; a
cada paso nos dice: “¡Detente!”.
Es más fuerte porque convirtió su debilidad en arma
y en superioridad moral: es víctima de una injusticia, la ha abandonado su
amante, sufre, intenta suicidarse
La base del pudor no es un error nuestro, sino el
oprobio, la humillación que sentimos por tener que ser lo que somos sin haberlo
elegido y la insoportable sensación de que esa humillación se ve desde todas
partes. (…) Cuando su padre se estaba muriendo, ella estaba sentada al borde de
su cama. Antes de entrar en la última fase de la agonía, le dijo: «Ya no me
mires», y ésas fueron las últimas palabras que oyó de su boca, su último
mensaje. Le obedeció; inclinó la cabeza hacia el suelo, cerró los ojos, pero le
cogió la mano y no se la soltó; dejó que lentamente y sin ser visto se fuese al
mundo en el que ya no hay rostros.
Una persona que se encuentra fuera del mundo no es
sensible al dolor del mundo.
¿Cómo vivir en un mundo con el que uno no está de
acuerdo? ¿Cómo vivir con la gente si uno no considera suyas ni sus penas ni sus
alegrías? Si sabe que no es parte de ellos. El amor o el convento, pensaba
Agnes. El amor o el convento: dos modos en que el hombre puede rechazar la
computadora divina, dos modos de escapar de ella.
Biografía: cadena de acontecimientos que
consideramos importantes para nuestra vida. Pero ¿qué es importante y qué no lo
es? En vista de que no lo sabemos (y de que ni siquiera se nos ocurre
plantearnos una pregunta tan estúpidamente sencilla) aceptamos como importante
lo que consideran importante los demás, por ejemplo el empresario que nos
obliga a rellenar unos formularios: fecha de nacimiento, profesión de los
padres, estudios, cambios de empleo y lugar de residencia (en mi antigua patria
añadían: pertenencia al partido comunista), bodas, divorcios, nacimiento de los
hijos, enfermedades graves, éxitos, fracasos. Es terrible pero es así: hemos
aprendido a ver nuestra propia vida según la visión que de ella nos dan los
formularios burocráticos o policiales.
De muy joven, era pudoroso y trataba de estar a
oscuras al hacer el amor. Pero en la oscuridad tenía los ojos abiertos de par
en par para ver al menos algo, gracias al débil rayo que se filtraba por la
persiana. Después no sólo se acostumbró a la luz, sino que la requería. Cuando
comprobaba que su acompañante tenía los ojos cerrados, la obligaba a abrirlos.
Y un día comprobó con sorpresa que hacía el amor con la luz encendida pero que
cerraba los ojos. Hacía el amor y recordaba. Oscuridad con los ojos abiertos.
Luz con los ojos abiertos. Luz con los ojos cerrados. El cuadrante de la vida.
Bartleby y compañía – Enrique Vila-Matas
Mi epigrama
favorito de Dufoo (hijo): “en su trágica desesperación arranca, brutalmente,
los pelos de su peluca”.
“La dignidad
de la inteligencia reside en reconocer que está limitada y que el universo se
encuentra fuera de ella” Pessoa La educación del estoico
El caso de
Hofmannsthal es uno de los más singulares y polémicos del arte de la negativa,
por su fulgurante ascenso de niño prodigio de las letras, por la crisis de
escritura que posteriormente le sobreviene (y que refleja en su Carta de Lord
Chandos, pieza emblemática del arte de la negativa) y por su sucesiva y
prudente corrección de rumbo.
Hablar –
parecen indicarnos tanto Wakefield como Bartleby- es pactar con el sinsentido
del existir.
Siempre fue
una vieja aspiración de Oscar Wilde, expresada en El crítico como artista, “no
hacer absolutamente nada, que es la cosa más difícil del mundo, la más difícil
y la más intelectual” (…) El hombre que había dicho que “el trabajo es la
maldición de las clases bebedoras” huyo de la literatura como de la peste y se
dedicó a pasear, beber y en muchas ocasiones, a la contemplación dura y pura. (…)
A su muerte, un periódico parisino recordó muy oportunamente unas palabras de
Wilde “Cuando no conocía la vida, escribía; ahora que conozco su significado,
no tengo nada más que escribir”.
Los talentos
de primer orden –escribe Schopenhauer- jamás serán especialistas.
¿Te da miedo
el silencio?
Ahora creo
observarlo con perfecta visibilidad: dadas las feroces reacciones que no callar
provoca en algunos enclaves controlados por ágrafos, ¿cómo no va a estar
profundamente arraigada en mí “la pulsión negativa, la atracción por no hacer
nada”? Lo está, pero no cedí nunca a esa
atracción, precisamente por el miedo que me produce el silencio.
viernes, 17 de marzo de 2017
De senectute – Cicerón
Pues bien, cuando lo medito en mi interior, encuentro cuatro
motivos por los que la vejez puede parecer miserable. La primera, porque aparta
de las actividades; la segunda, porque debilita el cuerpo; la tercera, porque
priva de casi todos los placeres; la cuarta, porque no está lejos de la muerte.
Si os parece bien, veamos qué entidad tiene y lo justa que es cada una de estas
razones.
La vejez aparta de las actividades. ¿De cuáles? ¿Acaso de
las que se llevan a cabo mediante la juventud y las fuerzas? ¿Es que no hay
actividades propias de la ancianidad que se realizan con la mente, a pesar de
estar débiles los cuerpos?
Ahora no deseo yo las fuerzas de un joven más de lo que,
siendo joven, deseaba las de un toro o un elefante. Hay que aprovecharse de lo
que hay y, hagas lo que hagas, hacerlo según tus fuerzas. (...) utiliza ese don mientras lo tengas; cuando lo pierdas, no lo eches de menos.
Queda la cuarta causa, la que más parece angustiar y tener
en vilo a los de nuestra edad, la cercanía de la muerte, que ciertamente no
puede estar lejos de la vejez. (…) ¿De qué tengo que tener miedo si después de
la muerte no voy a ser desgraciado y puede que hasta sea feliz?
Pero el joven espera que va a vivir mucho tiempo, y esto un
anciano no puede esperarlo. (...) Esta esperanza no la tiene el viejo y por
ello está en mejor condición que el joven, puesto que lo que éste espera aquél
lo ha conseguido ya: éste quiere vivir mucho, aquél ya vivió mucho
No hay ningún término cierto de la vejez y se vive bien en
ella mientras puedas desempeñar y cumplir con las obligaciones de tu trabajo y
despreciar a la muerte. De lo cual se deduce que la vejez es incluso más
animosa y fuerte que la juventud.
La mancha humana – Philip Roth
Vio el destino que le aguardaba, y no estuvo dispuesto a
aceptarlo. Lo comprendió intuitivamente y se replegó de una manera espontánea.
No puedes permitir que los grandes te impongan su intolerancia, del mismo modo
que no puedes permitir que los pequeños se conviertan en un nosotros y te
impongan su ética. No aceptaría la tiranía del nosotros, la cháchara del
nosotros y todo lo que el nosotros quiere volcarte encima. Jamás se doblegaría
ante la tiranía del nosotros que se muere por absorberte, el nosotros coactivo,
inclusivo, histórico, ineludiblemente moral con su insidioso E pluribus unum.
Ni el ellos de Woolworth's ni el nosotros de Howard, sino el puro yo con toda
su agilidad. El conocimiento de sí mismo: ese era el puñetazo en la boca del
estómago. La singularidad. La lucha apasionada por la singularidad. El animal
singular. La deslizante relación con todo. No estática sino deslizante.
Conocimiento de sí mismo, pero oculto. ¿Qué es más potente que eso?
A cierta edad, uno debería vivir sin hacer mucho caso de los
agravios pasados ni invitar a la resistencia en el presente al presentar un
desafío a la mojigatería existente. Sin embargo, renunciar a cualquier papel
que no sea el asignado por la sociedad, en este caso el papel asignado al
respetable jubilado, a los setenta y un años, es sin duda lo adecuado, y por
ello, para Coleman Silk, como ya hace largo tiempo le demostró con la
imprescindible crueldad a su propia madre, es lo inaceptable.
Así que voy a ti. Eso es mucho, pero es lo único que hay.
Bailo delante de ti desnuda con las luces encendidas, y tú también estás
desnudo, y todo lo demás no importa. Es lo más sencillo que hemos hecho
jamás..., es lo que nos conviene. No lo estropees pensando que es algo más. No
hagas eso, y yo tampoco lo haré. No tiene que ser nada más que esto. ¿Sabes una
cosa? Te veo, Coleman.»
Y recordó lo que las furcias le habían dicho, la gran
sabiduría de las putas: «Los hombres no te pagan para que te acuestes con
ellos. Te pagan para que te vayas a casa».
—Eso es lo que pasa cuando a uno lo crían a mano —dijo
Faunia—, es lo que ocurre por haber estado toda su vida con gente como
nosotros. La mancha humana. Lo dijo sin repulsión ni desprecio ni condena, ni
siquiera con tristeza. Esa es la realidad..., a su manera lacónica eso era todo
lo que Faunia le estaba diciendo a la chica que daba de comer a la serpiente:
dejamos una mancha, dejamos un rastro, dejamos nuestra huella. Impureza,
crueldad, abuso, error, excremento, semen..., no hay otra manera de estar aquí.
No tiene nada que ver con la desobediencia. No tiene nada que ver con la
indulgencia, la salvación o la redención. Está en todo el mundo, nos habita, es
inherente, definitoria. La mancha que está ahí antes que su marca. Está ahí sin
la señal. La mancha tan intrínseca que no requiere una señal. La mancha que
precede a la desobediencia, que abarca la desobediencia y embrolla toda
explicación y comprensión. Por ese motivo toda purificación es una broma, y una
broma bárbara, por cierto. La fantasía de la pureza es detestable. Es
demencial. ¿Qué es el empeño en purificar sino más impureza? Todo lo que ella
decía acerca de la mancha era que es ineludible.
En tiempos de mis padres y hasta bien entrados en los de
usted y los míos, la insuficiencia era cosa del alumno, pero lo es de la
disciplina. Leer a los clásicos es demasiado difícil, por lo que la culpa la
tienen los clásicos. Hoy el alumno hace valer su incapacidad como un
privilegio. Si no puedo aprender una cosa es porque hay algo erróneo en ella, y
especialmente en el mal profesor que quiere enseñarla. Ya no hay criterios,
señor Zuckerman, sino solo opiniones
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