sábado, 10 de septiembre de 2011

Suite francesa - Irène Némirovsky

Era un hombre estricto: sus escrúpulos religiosos le vedaban un sinfín de deseos y el temor por su reputación lo mantenía alejado de lugares inconvenientes.

...lo que más le gustaba eran sus ojos, de un azul franco, que le producían la misma sensación de frescura que su copa "Tus ojos me quitan la sed", murmuraba.

...el enfermero con todo el optimismo inherente a su profesión...

... de pronto una mancha oscura se deslizaba por el cielo cuajado de estrellas y las risas cesaban; todo el mundo permanecía atento. No era inquietud propiamente dicha, sino una extraña tristeza que tenía poco de humano, porque no comportaba ni valentía ni esperanza. Así es como los animales esperan la muerte. Así es como el pez atrapado en al red ve pasar una y otra vez la sombra del pescador.

En su interior, se mezclaban de un modo curioso la necesidad de proteger de la madre y la necesidad de protección de la mujer.

Felices o desgraciados, los acontecimientos extraordinarios no cambian el alma de un hombre, sino que la precisan, como un golpe de viento que se lleva las hojas muertas y deja al desnudo la forma de un árbol; sacan a la luz lo que permanecía en la oscuridad y empujan el espíritu en la dirección en que seguirá creciendo.

Era taciturno y estaba revestido de una triple armadura de pudor: masculino, campesino francés. Ella no sabía ni qué odiaba ni qué amaba, sólo que era capaz de amar y de odiar.

Los seres apasionados son simples; ella lo odia y ya está. Dichosos los que pueden amar y odiar sin disimulos, sin vacilaciones, sin matices.

... y con la perfidia que nunca abandona ni a la mejor de las mujeres...

lanzó una mirada como la que Chateaubriand atribuye a su padre diciendo "sus centelleantes pupilas parecían salir disparadas y atravesar a la gente como balas"

Los ojos de las dos mujeres se encontraron. Los de la costurera tenían una mirada astuta, vigilante e impertérrita; parecía una gata que tiene un pájaro entre las zarpas, y si alguien intenta quitárselo, levanta el hocico y maúlla con arrogancia, como diciendo "¡Que te has creído tú eso! ¿Quién lo ha cazado, tú o yo?"

Ese es el principal problema de nuestro tiempo, individuo o comunidad, porque la guerra es la obra común por excelencia.

¿Ha oído hablar de esos ciclones que se desatan en los mares del sur? Si he entendido bien mis lecturas, forman una especie de círculo cuyo borde consiste en una sucesión de tormentas, mientras que el centro permanece inmóvil, de tal modo de un pájaro o una mariposa que se encontrara en el ojo del huracán no sufriría ningún daño, ni siquiera se le arrugarían las alas, mientras a su alrededor se producen terribles estragos. ¡Mire esta casa! ¡Mírenos a nosotros tomando vino de Frontignan y comiendo bizcochos, y piense en lo que está ocurriendo en el mundo!

La buena educación sirve precisamente para corregir las reacciones instintivas de los seres humanos.

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